Sagada y las terrazas de arroz de los Ifugao, Filipinas

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Sagada y las terrazas de arroz de los Ifugao, Filipinas

Sagada en Filipinas

Una vez saboreada la tranquilidad del norte de Luzón, nos dirigiremos hacia el interior, a la zona de las terrazas de arroz de los Ifugao y a unos pocos kilómetros de distancia, situaremos nuestro campo base en el pueblo de Sagada, rodeado de preciosas montañas.

El día iba a ser muy duro ya que teníamos por delante unos 550 kilómetros para llegar hasta las terrazas de arroz de Banaue. Lo que tranquilamente podría suponernos más de 14 horas de viaje. Por eso decidimos poner el despertador a las 3:00 de la mañana y así poder atravesar la mayoría de los pueblos de la costa de noche y sin mucho tráfico.

Los críos y los no tan críos se quedaron dormidos de la misma mientras uno iba concentrado al 2.000 mil por ciento, ya que un despiste en esas carreteras podía suponer un serio accidente. Íbamos a entre 90 y 100 casi todo el camino mientras era de noche, salvo las típicos frenazos por un perro que se cruzaba, por unas piedras puestas en medio de la carretera sin señalizar o por una moto que casi te la comías porque no tenía ningún tipo de luz. Pero bueno, eso también hizo que no me entrara el sueño. El problema llegó cuando al Gps le dió por innovar rutas. De repente nos metió por una “carretera” de cabras sin asfaltar, atravesando ríos, huertas, granjas de animales y pequeños poblados de chabolas, sin contar los golpes en los bajos, las ruedas y demás que daban miedo de oirlos y que nos hizo pensar que en alguna de ellas nos quedábamos allí tirados. Después de media hora y viendo que eso no mejoraba decidimos que lo mejor era dar la vuelta. Más tarde con el mapa de carreteras en la mano, vimos que nos había intentado llevar por un lugar en el que en un futuro se iba a hacer una carretera, pero que hasta por lo menos dentro de 50 años no creemos que fuera a suceder. Eso nos supuso una pérdida de casi 2 horas, ya que la prole se despertó debido al terreno un tanto inconsistente por el que nos metimos y ya aprovechamos a parar para desayunar.

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El camino erróneo
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Curvas interminables
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Terrazas en Bontoc
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Los alrededores del pueblo

El último tramo de carretera desde Tagudín en la costa hasta Banaue en el interior fue de lo peorcito que habíamos hecho en nuestra vida, no por la calidad del asfalto (que también), sino por la cantidad enorme de curvas continuas de herradura que había, con continuas subidas y bajadas con un desnivel brutal. Eso sí los paisajes que atravesábamos hacía que se nos olvidase por completo el infierno que estábamos pasando. Hubo muchos tramos que nos recordaron a la zona de Picos de Europa y la Ruta del Cares.

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Terrazas de Banaue
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En un pueblo a medio camino llamado Cervantes, el cuál ilusos de nosotros creíamos que era ya Sagada, tuvimos que echar gasolina. Llenamos el depósito por 1.260 PHP y cuando fuí a sacar la cartera para pagarle veo que sólo nos quedaban 1.100. Horror, vaya liada!!!! Le explico a la chica como puedo lo que pasa, ya que no entiende prácticamente nada de inglés y le prometo que a la vuelta en un par de días le pago lo que falta, ya que allí no había ningún cajero para sacar dinero. Me mira con una sonrisa y me hace un gesto como que me vaya que no hay ningún problema. Sorprendido y agradecido por algo inimaginable en donde vivimos, cogemos de nuevo carretera hacia Banaue. Casualidad unos meses antes me pasó algo parecido en una gasolinera de mi ciudad, se me había olvidado la cartera y yo creía que la tenía, al ir a explicar lo que me pasaba, no se creyeron nada y estuvieron a punto de llamar a la policía…. vamos igualito…..

En medio de las montañas llegamos al pueblo de Bontoc, el más grande de la zona y probablemente también el más feo. Era como el nudo de comunicaciones entre los pueblos que la rodeaban. Desde Bontoc hasta las terrazas de Banaue había 40 kilómetros que tardamos más de una hora en recorrerlos. El sitio era espectacular, se trataba de cultivos de arroz que debido a la orografía montañosa de la región, hace más de 2.000 años el pueblo de los Ifugao se las idearon para construir esas terrazas y así poder cultivar el arroz en unas zonas tan complicadas. Hay diversos miradores a lo largo de la carretera hasta que se llega al mismo pueblo. Al igual que nos pasó cuando estuvimos en el sur de China, en las terrazas de arroz de Ping´An, esta vez tampoco destilaban el verdor que las hacía tan llamativas. Pero nos resultó curioso porque en la zona de Pagudpud tenían un color verde intenso precioso y en la zona de Sagada donde estuvimos al día siguiente estaban igual de coloridas. Así que no sabemos a que se pudo deber. Por los miradores había unas cuantas personas mayores de la tribu de los Ifugao que estaban vestidas con las ropas típicas y se podía hacer una foto con ellas dándoles un donativo. En unos de esos miradores espectaculares aprovechamos para comer y relajarnos al sol.

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Mirador
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Los Ifugao
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Panorámica de las terrazas
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Con las vestimentas típicas
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Comiendo con vistas
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El pueblo de Bontoc

De vuelta en Bontoc, esta vez nos desviamos hasta Sagada. Sólo eran 20 kilómetros, pero de nuevo nos parecieron 200. Vaya zona de locura. Si no hubiésemos tenido nuestro propio coche y hubiéramos tenido que usar transporte público, nos habría sido imposible realizar ese viaje con tan pocos días. A la entrada al pueblo parece que solo hay unas casas dispersas por el monte, pero un par de kilómetros más adelante es donde comienza de verdad. Tras recorrer más de la mitad de los alojamientos por fin dimos con el adecuado, “Maluba Lodge”. Nos pedía 350 PHP por persona y día, pero al final lo sacamos por 2.000 dos noches. La mayoría de los que habíamos descartado también estaban muy bien, salvo que algunas ventanas en la habitación o en el baño tenían algunos cristales rotos y estando en medio de las montañas y habiendo malaria de por medio no queríamos arriesgar absurdamente. Además al estar a tanta altitud, por las noches refrescaba de lo lindo.

Durante la búsqueda de hotel, coincidimos con un filipino de la isla de Cebú que también estaba de vacaciones. Estuvimos un buen rato charlando y nos moríamos de la risa con lo sarcástico que era, vacilando en plan bien a los dueños de los alojamientos. En el último que miramos juntos, él se alojó y quedamos en vernos en media hora para ir a ver los ataúdes colgantes. Subimos las mochilas a la habitación y sin hacer el mínimo amago de tumbarnos bajamos de nuevo a encontrarnos con nuestro compañero de excursión. Llevábamos 14 horas de viaje y si nos hubiésemos tumbado un segundo no habría habido quien nos hubiera levantado. De nuevo estábamos alucinando con Iker y Noa y la facilidad que tenían para adaptarse al medio y sin decir en ningún momento que estaban cansados. Todo lo contrario tenían una gran curiosidad por lo que les había contado que íbamos a ver.

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Oficina de turismo
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Cementerio típico
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El pueblo de Sagada
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Sillas y ataúdes colgantes
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Nuestro compañero filipino
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Transporte típico filipino

Primeramente en la oficina de turismo había que registrarse y pagar 35 PHP por persona, a Noa la salvamos. Luego había que pagar una entrada de 20 PHP y un guía obligatorio por 200. El acceso era por detrás de la iglesia y atravesando el cementerio. El camino era muy chulo y tardamos unos 25 minutos. El guía como no sabía mucho inglés, le daba las explicaciones a nuestro compañero y luego él nos lo traducía. El ver los ataúdes colgando nos impresionó bastante. La razón era que dependiendo de las creencias de cada uno, unos preferían ser enterrados bajo tierra y otros al aire libre porque así el espíritu era libre para salir y respirar el aire puro. También había sillas que eran utilizadas para colocar al muerto mientras se realizaba el ritual. Había ataúdes muy antiguos y otros más modernos, ya que era algo que hoy en día se seguía haciendo. También nos comentó que era uno de los pueblos más longevos de toda Filipinas. Su abuela en esos momentos tenía 108 años.

De vuelta en el pueblo estuvimos charlando un poco de nuestras vidas. Nos contó que era de Cebú y que allí tenía un centro de buceo y un pequeño resort a la nada despreciable cantidad de 450 $ la noche, y que su mujer y su hija se habían ido a Hawai de vacaciones mientras él recorría la isla de Luzón en un pepino de moto. Coincidía la época con las vacaciones escolares. Nos despedimos de él y de su buena compañía y nos fuimos a merendar-cenar. Estuvimos en el Yoghurt House, un sitio muy chulo con una terraza de lujo en el medio del pueblo. Todo estaba riquísimo. Era probablemente de los más caros pero también tenía mucha calidad. 980 PHP.

Dimos un pequeño paseo y al llegar al hotel nos encontramos con algo increíble. Estaba todo el pueblo allí metido y en medio, en una mesa, había un enorme cerdo asado con un limón en la boca. Aparte, en otra mesa había cuencos enormes con ensaladas variadas, arroz, salsas, diferentes platos cocinados, ….. En cuanto nos vió la dueña nos obligó a quedarnos con ellos y cenar de nuevo. Le explicamos que ya habíamos cenado, pero le importó un pimiento, nos dió un plato a cada uno y nos fue explicando lo que había en cada cuenco para que después llenásemos el plato de lo que quisiéramos. Estuvimos en medio de la fiesta con todo el pueblo y como no con los críos fuimos la sensación.

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La calle principal
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Cena en el Yoghurt House
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El cerdo asado
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Diferentes platos
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Comiendo en familia
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En los huesos

Mientras charlábamos con un par de señoras me acordé de lo que me había pasado con la gasolina. Había un problema y era que si volvíamos a pasar por el pueblo teníamos que desviarnos 4 horas de nuestro nuevo destino por aquellas carreteras infernales. Así que se lo comenté a una de ellas y me dijo que casualidad su hermano trabajaba en Cervantes. Le faltó tiempo para llamarle por teléfono. Me dijo que sin problema que al día siguiente se acercaría y le pagaría. Le dí el dinero totalmente confiado y agradecido por el favor.

Cuando los críos estaban durmiéndose de pie, decidimos que ya era hora de poner punto y final a un día tan largo como bonito. Le dimos las gracias a la dueña, nos despedimos de los  comensales con los que habíamos departido en la re-cena y por fin nuestros cuerpos caían a plomo sobre las camas.

Casi 12 horas después de habernos acostado abríamos poco a poco los ojos. La noche había sido por ahora la más cómoda de todas. Habíamos tenido que taparnos con mantas del fresquillo que hacía.

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Durmiendo como momias
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Desayuno en el Yoghurt House
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Arrozales en Sagada
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El camino a las cascadas
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Las Bokong Falls
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Con el resto del pueblo

Cuando nos estábamos preparando para ir a desayunar, nos tocaron en la puerta. Abrí y ví que era la chica del día anterior a la que le había contado lo de la gasolina. Era para decirme que su hermano ya le había pagado a la chica y que lo que le debía no eran 200 PHP como le había dado sino 160. Le dije que era por las molestias y por haberse fiado de mí. Se rió, le dí de nuevo las gracias y nos despedimos. En ningún momento tuve ninguna duda de que el dinero iba a llegar a su destino y eso me lo ratificó.

Volvimos a desayunar al Yoghurt House. Un par de yogures con galletas, 2 zumos de fresas y un café, todo realmente espectacular y delicioso por 420 PHP.

El día iba a ser tranquilo, después de la paliza del día anterior sólo queríamos vagar por el pueblo y descansar, Nos enteramos de que había unas cascadas cerca y hacia allí nos dirigimos. Eran las Bokong waterfalls. Para no variar nos confundimos de camino y acabamos en la gasolinera a las afueras del pueblo, aunque nos vino bien y aprovechamos a llenar el depósito. Empezamos a pensar que el coche venía con caballos pero sedientos porque cada no muchos kilómetros había que darles de beber.

El acceso a la cascada estaba al lado de una carretera secundaria que salía de un alojamiento a las afueras del pueblo. Todos los alrededores estaban llenos de arrozales con un verde intenso precioso. Lo de Banaue fue una broma. Al llegar había unas pequeñas cascadas en la que se habían reunido los niños del pueblo y estaban haciendo una barbacoa. Estuvimos unas 3 horas disfrutando del frescor del agua, tirándonos desde las rocas y tomando el sol.

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Esperando para jugar
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La iglesia de Sagada
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Exposición de la comida
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Una sabrosa cena

De vuelta al pueblo e Iker con ganas de jugar un partido de baloncesto, se fue al campo que había en el medio, para no variar, y estuvo mirando hasta que un niño le dijo para jugar con él. Estuvieron echando un uno contra uno durante casi media hora. Iker acabó asfixiado porque hacía un calor y una humedad tremenda. Cuando íbamos a cenar me paró un hombre y me tendió la mano, yo se la estreché y me dijo que él era el padre del niño con el que había estado jugando Iker y que se alegraba de que hubieran jugado juntos.

Cenamos en un sitio que había enfrente de la oficina de turismo y degustamos 4 sabrosos platos, 2 cervezas y 2 refrescos por 640 PHP. Recorrimos las tienditas del pueblo, compramos algún pequeño recuerdo y nos fuimos a la habitación a dormir ya que el día siguiente iba a ser el más duro de todo el viaje.

 

B.F.F.F.

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