Manila, la capital de Filipinas

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Manila, la capital de Filipinas

Semana santa en Manila, Filipinas

Manila, al igual que la gran mayoría de las grandes ciudades del sudeste asiático, es un auténtico caos. Tardamos más de dos horas en atravesarla y eso que tuvimos suerte porque era Semana Santa y mucha gente se había marchado de vuelta a sus pueblos para visitar a sus familias. Nos sorprenderemos con una ciudad más bonita de lo que pensábamos y sobre todo en uno de sus cementerios donde viviremos una experiencia difícil de olvidar.

A las 3:00 de la mañana estábamos en pie dispuestos a recorrer los 550 kilómetros que separaban Donsol de Manila. Según el gps teníamos por delante más de 12 horas. Al igual que en los trayectos nocturnos anteriores, el pasaje que venía en el coche con un servidor, en cuanto se acomodaron en sus asientos entraron en una especie de letargo, sólamente roto por el sol despuntando en el horizonte.

Filipinas es uno de los países católicos donde más fervientemente se vive la religión y nuestra visita coincidía con la Semana Santa. Las primeras muestras de su devoción las vimos sobre las 5:00 de la mañana cuando atravesábamos un pueblo de noche y en medio de la carretera nos cruzamos con un grupo de unas 20 personas vestidas con una simple tela para tapar los genitales. Llevaban unos palos y en la punta unas cadenas de hierro con pinchos que azotaban contra su espalda sin compasión. Estaban completamente ensangrentados. Para nuestro entender, otro sin sentido de los fanatismos religiosos.

Ya de día y con el pasaje descansado, hicimos una parada para desayunar y estirar un poco las piernas. Sobre las 13:00 llegábamos a la capital después de haber pagado 300 PHP por la autopista que da acceso a la misma. Bastante cara para la vida filipina. Como era el último día que teníamos el coche y queríamos aprovechar a ver si comprábamos alguna cosa que mereciera la pena, nos acercamos directamente hasta un centro comercial llamado Greenhills. Tardamos una hora en llegar. La zona era muy moderna y estaba llena de franquicias de comida rápida y tiendas de lujo de todas las marcas habidas y por haber. Lo más sorprendente era que en la planta baja se situaba un mercadillo de ropa, complementos, electrónica, recuerdos, ….. todo de dudosa fiabilidad. La ropa en las tiendas de verdad era más cara que aquí y en la zona del mercadillo aunque había cosas de poca calidad otras sí que estaban bastante bien hechas. Lo mejor era lo de marca desconocida. Eso sí, acostumbrados a regatear a muerte allí nos sorprendió lo poco o nada que se podía. Creyendo que igual era porque al ser occidentales no se bajaban del burro, estuvimos observando como los propios filipinos compraban y en ningún momento regateaban, pagaban religiosamente el mismo precio que nos habían pedido a nosotros 😯 .

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La ciudad de Manila
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C.C. Greenhills
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Hotel 168
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Manila de noche

Como era de esperar y después de 2 semanas comiendo comida filipina a los enanos se les hicieron los ojos chiribitas en cuanto vieron todas las franquicias de comida rápida. No nos quedó más remedio que sucumbir al poder de la globalización y entrar al Mc Donalds. Como para negarles eso después de como se estaban portando. 2 happy meal y 2 big mac nos costaron 565 PHP.

Esta vez el hotel lo teníamos reservado con antelación, ya que en una ciudad tan grande podía ser un auténtico infierno estar dando vueltas sin saber a donde ir. Estaba situado en la zona de Malate, muy cerca de Intramuros. Recorrer los escasos 10 kilómetros que separaban el centro comercial de nuestro hotel nos llevó una hora y media. Por fin a las 19:00 llegábamos a la Birch Tower. Una torre enorme en donde se situaba nuestro hotel. No había sitio para aparcar, así que un policía muy majo nos permitió dejar el coche en una zona prohibida mientras subíamos las maletas y hacíamos el chech-in. La habitación estaba muy bien, tenía una zona de ver la tele y otra con las camas. Había dos familiares, nevera, aire acondicionado y estaba muy limpio. Además estábamos en el piso 28 de 50, por lo que teníamos unas vistas impresionantes de la ciudad y el mar.

Bajé con Iker a buscar sitio para aparcar el coche y en una calle paralela justo salía uno. Bastante suerte porque estaba todo a reventar. Le pagamos 30 PHP a un revisor que estaba controlando el aparcamiento y de vuelta al hotel paramos en un centro comercial que había enfrente a comprar algo para cenar, ya que después del día que llevábamos nos apetecía estar tranquilos en la habitación tumbados y fresquitos con el a/a. El supermercado que había en su interior era enorme y daba gusto pasear por él para ver la cantidad de cosas diferentes que tenía. Había una zona en la que se compraba el pescado vivo y al lado en unas cocinas te lo preparaban como tú quisieras para llevar a casa. También vimos algunas cosas importadas de España, como anchoas de San Sebastián y naranjas de Valencia, pero a unos precios desorbitados. Una sóla naranja costaba casi un euro.

De vuelta al hotel y cuando estábamos preparando todo nos llamaron de recepción para decirnos que el señor del coche de alquiler ya había llegado. Nos acercamos hasta donde estaba aparcado y la cara que puso cuando lo vió fue para haberle sacado una foto. Es cierto que tenía un poco de mugre, pero con las carreteras que había…… Lo mejor vino cuando al revisarlo me dice que le falta la placa de la matrícula, me acerco y en efecto así era. Ahí también habría estado bien sacarme una foto para ver mi cara. Lo único que se me ocurrió decirle era que ya desde el principio estaba un poco suelta y que habría sido por culpa de algún bache, aunque por los sitios que nos metimos lo raro era que sólo faltara eso. Nos dimos la mano y le hice firmar en el papel del alquiler poniendo que estaba todo bien, porque ya sabemos como se la suelen gastar en muchos sitios y era mejor tenerlo todo controlado por si acaso. Le habíamos hecho 3.200 kilómetros.

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Las calles de Manila
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Carros de basura
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Paseos en calesa
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Parque Rizal
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Monumento a José Rizal
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Deliciosos calamares
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Intramuros
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Puestos de comida

Tras una noche espectacular en la que dormimos casi 12 horas del tirón, nos pegamos un desayuno rico de frostis con leche y empezamos nuestra visita por la ciudad. Los coches del día anterior habían desaparecido por completo. La ciudad estaba en una calma inusitada que no habíamos visto en nuestros anteriores pasos por ella. Con poca gente y sin coches, hizo que nuestra visita fuera de lo más placentera.

Empezamos por el Parque Rizal que estaba a 15 minutos andando desde el hotel. Era un parque muy bonito con un montón de jardines, estanques y zonas boscosas y una laguna central muy grande que por las noches se convertía en una fuente musical. Al lado estaba el monumento a José Rizal, un médico y escritor filipino que fue un héroe nacional al que fusilaron allí mismo. De allí nos fuimos a la zona de Intramuros, para nosotros el sitio más bonito de Manila. Está rodeado de una muralla fortificada que mandó construir Miguel López de Lagazpi cuando tomó Manila. Es una zona muy tranquila para dar un paseo. Allí, cerca de la iglesia de San Agustín, el único edificio que quedó intacto en Intramuros tras la II Guerra Mundial, nos encontramos con una procesión en la que la gente llevaba imágenes de Cristo crucificado. Iban desde la iglesia de San Agustín hasta la catedral. Les seguimos y por fin pudimos comprobar donde se habían metido los habitantes de Manila. Dentro de la catedral habría sin exagerar unos 3 o 4 millones personas. Era muy bonita pero hacía un calor asfixiante con tanta gente, así que nos fuimos a unos puestos callejeros y nos comimos unos cuantos pinchos morunos y unos vasitos llenos de calamares a 4 PHP la pieza. Nos acercamos hasta el fuerte, pero estaba cerrado por la festividad, algo que tampoco nos importó mucho.

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Iglesia San Agustín
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La Catedral
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Una procesión
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Panteones como palacios
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Durmiendo en las tumbas
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Vida en el cementerio
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La gran Leticia
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Un niño increíble

Habiéndonos recorrido todo Intramuros, lo siguiente que queríamos ver eran los cementerios. Había leído que eran espectaculares. Cogimos un taxi hasta el cementerio chino que estaba a unos 7 kilómetros. La carrera comenzaba en 40 PHP y al llegar eran 134, aunque le dimos 150. Los taxis son extremadamente baratos. El cementerio era una pasada, enorme, con carretera por el medio, nombres a las calles y con unos panteones que parecían palacios. Seguido nos acercamos hasta el Cementerio del norte de Manila dando un paseo, ya que nos habían dicho que estaba al lado, pero tardamos 40 minutos bajo un sol abrasador.

Si el anterior impresionaba por sus edificios, este impresionaba porque estaba lleno de gente viviendo dentro de él. Era como una ciudad en miniatura con puestos de comida, tiendas de golosinas y bebidas, ordenadores, …… Como Iker y Noa estaban muy cansados se quedaron con Usu en la entrada a la sombra de un árbol mientras yo me adentraba a escudriñar un poco los entresijos. Era increíble, había que verlo para poder creerlo. Todos los panteones estaban habitados, había ropa tendida, niños y adultos tumbados encima de las tumbas para sobrellevar el calor y algunos hasta tenían baño.

En una de las callejuelas por las que me metí me encontré con una señora encantadora llamada Leticia. Tenía 78 años y me estuvo enseñando la que era su casa. Me explicó que llevaba 40 años viviendo en el cementerio y que aunque tenía dos hijas que vivían en Japón, ella no quería separarse de la tumba de sus padres y de su marido, un alcohólico que se pasaba las 24 horas del día bebiendo. No hablaba castellano pero su madre sí que lo había hablado. Estaba con dos niños que no me quedó muy claro quienes eran. Les dí 100 PHP para que se compraran unos helados y la señora se opuso rotundamente. Tuve que convencerla diciéndole que era para que se refrescasen por el calor que hacía. Hubo un momento que despareció. Había ido a por un boligrafo y me estaba apuntando en un papel el teléfono de una de sus hijas en Japón, quería que hablara con ella porque le había caído muy bien y era para que quedara por si algún día iba por allí. En ese momento aparecieron los críos con los helados y a la señora se le fue el santo al cielo. Menos mal porque a ver que hacía yo en Filipinas con un móvil de España y teniendo que llamar a Japón.

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Sobrellevando el calor
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Basket entre cementerios
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Basura en los ríos
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Ropa en los panteones
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Jeepney Manileño
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Cyber en el cementerio

Fui a buscar a Usu y a los enanos para que la conocieran y en cuanto los vió se puso super contenta y les regaló una carterita. Seguimos un buen rato charlando y mientras se acercaron un montón de niños para sacarse unas fotos con nosotros. Había uno en especial que le habían conocido ellos mientras me esperaban que era precioso. No paraba de reirse. Nos despedimos de la señora prometiéndole que cuando volviéramos a Filipinas le haríamos una visita, aunque ella quería que volviésemos el día de todos los santos porque el cementerio se ponía precioso y así podía enseñárnoslo. De camino a la salida el niño no se despegaba de nosotros, de vez en cuando desaparecía y volvía con flores que cogía de los árboles para dárselas a Iker y Noa. Usu le dió unos caramelos que tenía en el bolso y se puso super contento. Yo le compré un paquete de gominolas y no paraba de dar saltos de alegría. Le intentamos preguntar por sus padres pero él continuamente nos decía no. No hablaba nada de inglés. Pero cuando estábamos fuera, nos señaló el hospital y dijo papá. No llegamos a comprender en ningún momento su situación real, pero nos fuimos con un bajón tremendo pensando que se podía quedar sólo. Se nos pasó por la cabeza el intentar conocer su vida y si estaba solo adoptarlo, pero eso era algo imposible. Era un niño que desprendía felicidad por todos los poros de su cuerpo.

Con la cabeza un poco tocada cogimos un taxi de vuelta al hotel. 130 PHP. Lo que quedaba de tarde la pasamos en la piscina del hotel, que estaba en el piso 11 y había unas vistas muy chulas. Fuimos a cenar y terminamos un maravilloso día tumbados viendo un partido de la NBA. Al día siguiente poníamos rumbo a una nueva isla de Filipinas, Palawan.

B.F.F.F.

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