Agra, India

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Agra, India

En Agra disfrutaremos de una de las nuevas maravillas del mundo, el maravilloso, increíble e impresionante Taj Mahal, aunque esta vez nos sentiremos un tanto decepcionados por la cantidad de gente que había visitándolo. Es una ciudad caótica en la que apartarse a la zona del río Yamuna y contemplar desde allí el mausoleo vendrá muy bien para relajarse de tanto ajetreo.

A las 21:00 llegaba nuestro tren a Agra. A la salida de la estación cogimos un tuk-tuk, algo apretadillos los 4 con las mochilas y la silla de Noa, hasta la zona del Taj Mahal para buscar alojamiento por 110 R. Fuimos hacia la puerta sur y los que miramos estaban todos completos. Así que el del tuk-tuk nos llevó hasta el Sai Palace Hotel, en el que sí tenían sitio. Estaba bien situado, las habitaciones estaban limpias y tenía aire acondicionado y baño en la habitación. Como vió que éramos 4, nos ofreció su habitación que tenía 4 camas y era enorme por 100 R. más, escasos 1,5 €, no lo dudamos ni un momento y así teníamos una cama para cada uno sin que nadie pusiese un codo a otro en la boca o un pie en los riñones.

Salimos a dar una vuelta y a cenar algo. Como ya era bastante tarde y la zona muy tranquila, no había casi nadie por la calle, así que fuimos a la azotea de un restaurante que estaba justo al lado del hotel. Joinus restaurant. Aunque ponía que desde allí se veía el Taj Mahal, como por la noche no está iluminado, allí no se veía ni cascorro. Cenamos 2 platos de pasta para los críos, 2 de arroz con pollo y algo más que picaba la de dios, 2 batidos, cerveza, agua y coca-cola, por 520 R. Nos trataron muy bien y el dueño muy majo interesándose por los críos en todo momento, pero a la hora de pagar nos la intentaron meter doblada.

 

Como estábamos un poco llenos y no teníamos sueño, cogimos un helado cada uno por 25 R.  y dando un paseo nos acercamos hasta la puerta Este a ver si se veía algo, pero estaba todo a oscuras. Ya en el hotel estuvimos pensando como hacer la visita al día siguiente. Las puertas las abren sobre las 6:00 de la mañana, cuando va a amanecer, y la primera vez que estuvimos a las 5:45 estábamos haciendo cola. Fuimos los terceros en entrar. Pero esta vez con los enanos, creímos que después de la paliza de viaje y el tren hasta aquí, lo mejor era levantarse tranquilamente y entrar sin prisa. Además era casi la 1:00 de la mañana y todavía no nos habíamos acostado. Qué error más grande cometeríamos…..

Como habíamos dicho nos levantamos sin prisa, eran las 10:00 de la mañana. Los críos seguían durmiendo, nos duchamos Usu y yo, y una hora más tarde estaban igual, así que al final tenemos que despertarles. Tras pegarles una buena ducha para que se despejaran, salimos como nuevos a desayunar al mismo sitio de la cena del día anterior. 8 tostadas con mantequilla, 4 tortillas y 4 zumos por unas 450 R. Una de las tortillas queda un poco «azumada», por la costumbre de las féminas de esta familia de volcar todo lo que tenga algún líquido en su interior.

 

Con muchas ganas nos dirigimos por fin hasta el Taj Mahal. Entramos por la puerta sur. 750 R. la entrada por adulto y los niños hasta 15 años gratis (ahora la han subido a 1.000 R.). Al entrar nos hacen un cacheo y le miran el bolso a Usua. Le quitan un montón de pinturas que nos habían dado en el avión para los críos y que las llevábamos para que se entretuvieran en los tiempos muertos. Nos dicen que con eso no se puede pasar porque podemos pintar el monumento 😮 😮 Como allí hay que sobrevivir y los críos se conocen estas cosas, uno de ellos se ofreció a guardarnos todo en la tienda de un familiar y que cuando saliéramos él me estaría esperando y podría pasar a recogerlo. Como eran unas simples pinturas nos fiamos de él. Para entrar al recinto y para coger los tickets hay separación de filas entre hombres y mujeres, lo que nos vino bien para las entradas, ya que en la de mujeres no había nadie. Esto era inversamente proporcional a salir un día de fiesta e ir al baño.

Entramos y el simple hecho de ver ese impresionante monumento nos vuelve a dejar con la boca abierta. Los críos alucinan con lo bonito y lo grande que es (palabras de ellos). El problema que había, es que la India tiene una población de más de 1.300 millones de personas y calculando por lo bajo debían de haberse quedado en sus casas y en sus respectivos pueblos los que pasaban de los 1.000 millones, el resto había venido a ver el Taj Mahal el mismo día que nosotros. Con el recuerdo que teníamos unos años antes de estar completamente solos y poder ir viendo como amanecía con el silencio incrustado en los muros del Mausoleo, sólamente roto por el dulce cántito de algún que otro pájaro, ahora parecía la película de Brad Pitt, Guerra Mundial Z, con todos los habitantes intentando saltar el muro.

 

Aún así hicimos nuestra visita, sacamos fotos como habitantes tiene la India y tuvimos que posar para otras tantas. Para acceder a la cúpula principal había una cola enorme que daba la vuelta a todo el recinto, pero como los extranjeros pagamos más por la entrada, tenemos derecho a pasar directamente. La entrada para un extranjero cuesta 25 veces más que para un nacional. Recorrimos los jardines de los alrededores en donde se podía respirar un poco de tranquilidad y casi 3 horas después abandonábamos este sitio mágico, pero al que sin duda hay que ir cuando todavía no ha amanecido.

Al salir, allí estaba el chico esperándonos para llevarnos hasta la tienda de un familiar suyo para que recogiéramos las cosas. Nos la habían guardado perfectamente en una bolsa. Y como nos sentíamos agradecidos y un tanto obligados, nos llevamos unos imanes para la nevera que siempre vienen bien de recuerdo. Había cosas preciosas y a unos precios irrisorios, pero el viaje no acababa más que de comenzar.

Cogimos un tuk-tuk para recorrer la ciudad y que nos llevara hasta la zona trasera del Taj Mahal, por donde pasa el río Yamuna y hay unas vistas diferentes pero preciosas. Intentando regatear con los tuk-tukeros, se nos acercó una chica india y nos dijo que no se nos ocurriera pagar más de 30 R. por trayecto, pero preguntamos a un montón y no había ni uno que bajara de las 200 R. Finalmente y tras mucho negociar coseguimos sacarle a uno por 160 R. con media hora de espera en el sitio y vuelta al punto inicial. El lugar es precioso, está apartado del bullicio de la ciudad y se respira una tranquilidad inusual para una ciudad india. Nos sentamos y cogimos algo de picar y unos refrescos mientras nuestros ojos se deleitaban con esa maravillosa postal. Los enanos un poco menos bucólicos, se dedicaron a espachurrar hormigas enormes que parecían langostas más que hormigas.

 

De vuelta al centro, fuimos a comer a nuestro sitio preferido y el único que habíamos probado. Si algo te gusta para que cambiar…. Dimos una vuelta por el mercado de frutas y carne, en el que observamos que los estándares de calidad y conservación de los alimentos están un poco lejos del que tenemos nosotros en mente.

Hasta las 20:30 no salía nuestro tren nocturno para Varanasi y todavía quedaban algo más de 2 horas, así que al ir a recoger las mochilas que nos las habían guardado en el hotel, les dijimos a ver si por 100 R. nos dejaban estar un par de horas en una habitación. Les pareció buena idea y allí que estuvimos descansando e informándonos un poco del mundo con el wifi.

A las 19:00 cogimos un tuk-tuk por 50 R. hasta la estación de Agra Fort. El trayecto es un auténtico caos circulatorio. Tardamos más de 20 minutos en hacer 3 kilómetros. Los coches, autobuses, motos y tuk-tuks, iban por donde les daba la gana y no paraban de pitar. Vimos a un hombre que no sabemos si sería guardia de tráfico, pero con un palo empezó a dar de leches a los coches para que se movieran. Como la gente le hacía caso, supusimos que tendría alguna autoridad. Cuando estábamos llegando y no quedaban más de 200 metros hasta la estación, oímos un fuerte golpe y nos quedamos parados y ladeados en medio de la carretera. El conductor se bajó, y al ver que no volvía, me bajé yo también a ver que pasaba. Le ví al hombre con una cara de mala leche tremenda y en la mano una rueda de moto de la que salía un palier. Me fijo en el tuk-tuk, y veo que nos habíamos quedado a tres ruedas, la que tenía en la mano era la que le faltaba al vehículo. Casi me muero de la risa, pero viendo que el hombre estaba bastante fastidiado intenté disimular. Le pagamos el trayecto que habíamos pactado, pero los últimos metros los hicimos andando porque íbamos a tardar menos seguro.

Ya en la estación, como de costumbre el tren volvió a llegar impuntual. Aunque la hora de retraso se nos pasó rápido jugando al veo veo, fiestón, y con un chico de Oviedo que viajaba sólo por el país y con el que estuvimos charlando hasta que llegó nuestro tren. El billete para los 4 nos había salido por 1.070 Rupias.

 

B.F.F.F.

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