Bombay, India

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Bombay, India

Cuevas en la isla Elefanta en Bombay, India.

Bombay será nuestro último destino en la India. Llegamos muy temprano por la mañana, con lo que una ciudad enorme como esta y con un tráfico agobiante, conseguimos verla tranquilamente, sin casi coches y muy relajados. Es una ciudad preciosa, con unos edificios impresionantes. Además, en un corto paseo en barco, se encuentra la isla Elefanta, en la que hay unas cuevas hindúes declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco en 1987.

Montados en el tren en Goa, dirección Bombay, nos pasó la última gran anécdota de este movido viaje. Vamos hacia nuestros asientos y vemos que están ocupados por una familia de unas 10 personas. El que la gente se siente en otros asientos que no son los suyos suele ser lo normal, por lo que no le dimos mayor importancia. Pero cuando llega la hora de dormir cada uno se va al suyo o en el caso de que vaya de polizón se tumba en el suelo del pasillo. Pues bien, como estábamos muy cansados y los críos se querían poner a dormir, les dijimos que por favor se quitaran que nos íbamos a acostar, pero nos dicen que ni de coña que de allí no se mueven. Les enseño los billetes para que vean que son nuestros asientos, pero como si les enseño un tebeo de mortadelo y filemón, les hizo la misma gracia. Así que tocaba ponerse otra vez a discutir, pero esta vez con una familia que prácticamente no sabía nada de inglés. Tras un buen rato de distensiones dialécticas sin saber muy bien si se estaban enterando de lo que les decíamos, se acercó una señora india muy maja que hizo de traductora entre las dos partes del conflicto. Nos dijo que sabían perfectamente que ese no era su sitio, pero que no tenían ninguna intención de moverse. No nos lo podíamos creer. La señora también estaba alucinando, hasta nos pidió perdón en nombre de su gente, diciéndonos que ellos no eran así. Tuvimos suerte que en ese momento pasaba el revisor, el cuál suele pasar cuando le viene en gana, y contándole lo que nos pasaba, le faltó agarrarles del cuello para sacarles de nuestros asientos. Les dimos las gracias tanto al revisor como a la señora y nos acostamos por fin en nuestras literas.

Pero ahí no acababa todo, ya que al de media hora, un hombre se pone en medio de las literas en las que estaban Usua y los críos, saca una manta y se tumba. Esto ya era lo que nos faltaba. Estábamos alucinando. Le dije que por favor se quitara. Pero al igual que con los otros, pasó olímpicamente de mí. Esta vez ya no pude más y le cogí la manta y se la tiré fuera de nuestro sitio. Pero estaba con otro hombre que le decía que volviera y se pusiera allí, al final nos encaramos y de nuevo vino la señora a poner paz. Otra vez nos volvió a dar la razón y nos dijo que no nos preocupásemos que ahora les echaban. Estuvo un buen rato hablando con ellos, bueno, más bien discutiendo y finalmente vemos que se largan. La buena señora nos contó que es gente que se tumba como si no tuviese cama y cuando los demás están dormidos aprovechan a saquearles las maletas. Les había dicho que como volvieran por allí que iba a llamar a la policía. Habíamos tenido mucha suerte de topar con aquella señora. Dándole mil gracias de nuevo, por fin conseguimos que la noche se tranquilizara. Aunque el problema fue que me pasé más tiempo con un ojo abierto que durmiendo, ya que ahora no me fiaba de nadie.

Bombay

A las 6:00 de la mañana llegamos a Bombay. Salimos de la estación y vimos algo que nos sorprendió de una ciudad india tan grande, estaba semivacía. Sí que era pronto, pero es que no había gente y coches casi ninguno. Como la idea era pasear por la ciudad y ver la isla Elefanta, comenzamos a recorrerla en dirección a la Puerta de la India.

 

Era una gozada ver la ciudad con esa tranquilidad, hasta podíamos ponernos en medio de la carretera a sacar fotos. Atravesamos la Biblioteca Municipal, el Museo Chhatrapati Shivaji Maharaj Vastu Sangrahalaya, la Catedral de Santo Tomás, …… todos unos edificios preciosos y muy bien conservados. Y por esa misma calle, la Mahatma Ghandi, llegamos hasta el Hotel Taj Mahal Palace y la Puerta de la India, situados justo en el puerto de Bombay. Es un paseo precioso, salvo por una cosa que vimos. En una esquina de la calle, se juntaban un montón de familias pobres, unos sobres otros intentando dormir. Con los más pequeños en brazos, algunos de ellos llorando. Nos sobrecogió el ver eso en el medio de la ciudad y en medio de una carretera principal. Aunque lo que más nos sorprendió, fue cuando Iker nos dijo a ver si les podía dar las almohadas que llevábamos durante el viaje para dormir en los trenes, ya que ellos las iban a necesitar más que nosotros. Usu y yo casi nos derrumbamos al ver como las cogía y se las daba a un niño que tendría más o menos su edad. La madre le sonrió agradecida. Puede parecer una chorrada, pero esto para nosotros recrea los valores que intentamos darles a nuestros hijos. Esperemos que no cambien nunca…….

Una vez en el puerto, tuvimos que esperar hasta las 9:00 que era cuando salía el primer barco hacia la isla, así que aprovechamos para ir a desayunar. Nos cogimos unos sandwiches que en teoría no picaban, con unos zumos. Lógicamente picaban y mucho, así que abrimos la última lata de bonito que nos quedaba, y les preparamos un bocata a los enanos. Usu y yo nos los comimos encantados, estaban buenísimos.

Cogimos los tickets al lado de donde desayunamos, justo antes de entrar en la plaza donde está la Puerta de la India. 160 R por adulto y 120 por niño. Pagan a partir de los 3 años. El trayecto es de una hora. Al bajarse en la isla, hay que andar un buen tramo hasta llegar donde empiezan las escaleras, aunque se puede coger un cutre trenecillo para hacer escasos 100 metros. También está la posibilidad de subir las escaleras en vez de sufriendo por el calorazo que hace, como un maharajá de los de antes. Te montan en un trono y te suben unos pobres hombres hasta la entrada a las cuevas. Vimos a un hombre que pesaría bastante más de 100 kilos y los pobres chicos que le llevaban tuvieron que ir al hospital de seguido a enderezarse las vértebras.

Arriba del todo, justo antes de la entrada, hay que pagar 10 R. nos sabemos muy bien porqué y la entrada a las cuevas, 250 R. por persona, menos los críos que no pagan hasta los 15 años. Salvo la primera cueva que es muy grande y tiene unas estatuas muy chulas, las demás dejan un poco que desear. El sitio es precioso, pero las cuevas son muy austeras. Aún así merece la pena una visita.

 

Mientras estábamos viendo las cuevas, se me rompió la chancla y por más que intenté engancharla, era imposible, así que me tuve que hacer todo el recorrido de vuelta descalzo con una temperatura de asfalto ligeramente alta. Aunque menos mal que en la India son muy previsores para estas cosas y me encontré a un hombre que se dedicaba a arreglar chancletas. Puede parecer broma, pero era así, sólo se dedicaba a eso y por 50 R., aunque me pedía 20, me la dejó perfecta para poder terminar el viaje.

Bajando las escaleras, paramos a picar algo y beber unos refrescos, ya que el calor y el bochorno que hacía eran insoportables. Hay un montón de puestos de comidas y de tienditas para comprar recuerdos. También había un montón de monos, y no sabemos porqué pero a Noa la tienen enfilada. La primera vez en Indonesia, uno la agarró de un brazo y la tiró al suelo, con año y medio que tenía. Y esta vez, se le puso delante y le sacaba los dientes como si la fuera a morder. Con un palo y la botella de agua, conseguimos apartarlo y corriendo un poco lo dejamos atrás, pero vaya susto que nos llevamos.

A la vuelta en el barco nos quedamos los 4 completamente dormidos, hasta el extremo de que el capitán nos tuvo que avisar de que ya habíamos llegado.

Para despedirnos de la India como requería, nos acercamos hasta un restaurante a por nuestra última comida india. Cuando íbamos a sentarnos a la mesa se me acercó un niño y me dijo algo que no le conseguía entender, me lo repitió como 5 veces, y al final: «Sorry boy but i don´t understand you». Le miro a Usu y le veo que está hablando con una pareja y los dos partiéndose de risa. Era una familia de Donosti, que el hijo era del Athletic y me estaba diciendo «Aupa Athletic»,…… ¡¡¡Qué vergüenza madre mía!!!, pero es que tenía ya un cacao con los idiomas que lo que menos me esperaba es que me apareciera alguien hablándome del Athlectic.  Estuvimos un buen rato charlando con ellos. Iban a hacer cosas muy parecidas a las nuestras, salvo las Islas Andamán.

Con el buche lleno y como todavía quedaban muchas horas para nuestra partida, decidimos ir al aeropuerto en transporte público y así estirarlo un poco. En la estación Victoria, cogimos dos billetes hasta la estación de Andheri por 10 R. cada uno. Nos montamos en el vagón y nos fijamos en que había muchas mujeres y no paraban de mirarnos. Algo sorprendente, ya que lo único que se ve en la India son hombres. Hasta que me percato que nos habíamos montado los cuatro en el vagón que era sólo para mujeres. Allí, debido a los abusos que hay, han hecho vagones especiales sólo para mujeres. Para pasar un poco desapercibido me agaché lo máximo posible y no giré la cabeza en todo el trayecto.

Media hora después llegábamos a la estación de Andheri que es la última parada del tren. Yendo por la salida este, se accede a la zona donde paran todos los autobuses. Allí preguntamos y nos dijeron que los número 308 y 338, llevaban hasta el aeropuerto. Cogimos uno de ellos por 42 R los billetes y en 15 minutos estábamos en el destino.

 

Aunque creíamos que íbamos a tardar más en llegar, lo hicimos muy fácil y rápido, por lo que a las 17:30 ya estábamos en el aeropuerto. «Sólo» quedaban 9 horas para que saliera nuestro vuelo. Intentamos entrar en la terminal pero no nos dejaban hasta las 20:00. Gastamos las pocas rupias que nos quedaban y aburridos como ostras por fin llegó la hora de poder acceder a la terminal. Cuando fuimos a hacer el check-in, al ver que íbamos con niños y que quedaba todavía mucho para nuestro vuelo, nos dieron unas tarjetas para acceder a la zona vip de espera. Sofás comodísimos, butacas para tumbarse, televisión, bebidas, picoteo, ….. La mejor manera que podíamos tener de pasar las todavía 5 horas que nos quedaban hasta la salida del vuelo, a las 2:00 de la madrugada. Lo aprovechamos tanto y tan bien, que llegamos al embarque los últimos.

Sobre las 8:30 llegamos a Bruselas y tras dos horas de escala, por fin aterrizábamos en La Paloma a las 13:15. Habían pasado por delante 23 días sin darnos cuenta, en un país realmente sorprendente. Alguna que otra mala experiencia con la gente de allí, pero en general el saldo era totalmente positivo. Después de 2 viajes a la India, tengo claro que tarde o temprano habrá un tercero.

 

B.F.F.F.

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