Datong, China

Pekín, China
18 diciembre, 2017
Pingyao, China
16 enero, 2018
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Datong, China

Desde Pekín, en un tren cama, pondremos rumbo a la ciudad de Datong, en donde visitaremos las cuevas budistas más antiguas de toda China, las cuevas de Yungang del año 460 y un increíble monasterio colgante construído en el lateral de un enorme acantilado.

A las 10:20 salía nuestro tren hacia Datong desde la estación del oeste. Nos levantamos, desayunamos y después de hacer el check-out, salimos del hotel con la intención de coger un taxi que nos acercara. Llegamos a parar hasta 5 taxis, les enseñamos las indicaciones en chino y ninguno quiso llevarnos. Es más alguno ni tan siquiera se dignó a bajar la ventanilla para poder decirle a donde íbamos. No conseguimos saber el porqué.

Faltaban menos de 50 minutos para que saliera nuestro tren. Así que viendo que era imposible coger un taxi, no nos quedó otra que ir al metro. El problema era que había 13 paradas con un cambio de línea por el medio y algo más de un kilómetro andando. Bajamos del metro a las 10:00, subimos las escaleras a todo correr y nos dirigimos por la calle principal en dirección a la estación lo más rápido que podíamos. Yo con la mochila a la espalda, empujando la silla con Iker dentro y a cada lado una mochila pequeña y el bolso de Usua. Ella tenía suficiente con cargar a Noa en su interior. Además el sol cascaba de lo lindo, lo que hizo que nos pegásemos una sudada que ni en un partido de waterpolo uno se moja tanto. Llegamos a las 10:35 con la esperanza de que se hubiera retrasado. Entramos a toda leche, miramos los carteles anunciadores con el número de tren y el andén de donde salía y al llegar vimos que había un  montón de gente, preguntamos y todavía no había llegado, venía con retraso. Menos mal, por lo menos el carrerón había merecido la pena.

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Estación de trenes de Pekín
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Interior del tren
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Cañones profundos
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Meandros enormes
Grandes montañas
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Arquitectura horrorosa

El tren aunque no era nada del otro mundo, a nosotros nos pareció mejor que el Orient Express, ya que veníamos unos meses antes de haber disfrutado de los “modernos” trenes indios. Eran compartimentos abiertos de 6 literas, 3 y 3. Tenían sábanas, almohada y edredón. No nos lo podíamos creer.

A las 18:00 llegamos a Datong después de haber atravesado unos paisajes espectaculares. Nada más salir ya teníamos decenas de personas intentando llevarnos a un hotel, aunque lo primero que hicimos fue asegurarnos los billetes a Pingyao para un par de días después. 83 Y cada uno.

Negociamos el precio hasta el hotel y de 40 Y. lo dejamos en 20. Tardamos unos 25 minutos y por el camino nos intentaba convencer para ir al día siguiente hasta las cuevas de Yungang y al monasterio colgante de Xuankong. Como era justo lo que queríamos, pero él lógicamente no lo sabía nos hacemos los desinteresados y al final de los 700 Yuanes por los que empezó conseguimos llegar a un acuerdo por 300 y casi como haciéndole un favor 😎

El hotel, llamado Datong Hotel (un derroche de imaginación) nos salió por 560 Y las dos noches. Era un 4 estrellas, pero en el interior no daba la impresión para nada. Nos hicieron pagar a la llegada, con que pinta nos verían 🙁 , y además un suplemento de 100 Y. por si tomábamos algo del minibar. Subimos a la habitación y la verdad es que era muy chula y enorme. Y lo más importante, estaba limpia. Al abrir el minibar vimos que estaba vacío. Sí que nos iba a salir caro tomar el aire….. Bajé se lo intenté explicar, ya que de inglés poco o nada y al final subió conmigo para comprobar lo que le estaba diciendo. Al verlo se le quedó cara de sorprendido y me devolvió el dinero.

Nos pegamos una ducha y bajamos a cenar, pero nos dijeron que estaba todo ocupado y que era imposible. Eran las 10:30 y al día siguiente habíamos quedado a las 8:00 para ir a las cuevas, con lo que ponernos a indagar por la ciudad no iba a ser muy recomendable, con lo que decidimos volver a la habitación y hacer uso del servicio de habitaciones. Tras bastantes malentendidos y devoluciones, repito que de inglés no sabían nada o muy poco, conseguimos cenar algo y nos fuimos a descansar hasta el día siguiente que había que madrugar.

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Las cuevas de Yungang
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A la hora señalada teníamos al taxista esperándonos en recepción para ir a hacer las visitas. Las cuevas  de Yungang estaban a 16 kilómetros del centro. La entrada costaba 130 Y, pero con nuestros improvisados carnets de estudiantes nos salieron por la mitad de precio. Disfrutamos de la cuevas budistas más antiguas de China en relativa tranquilidad comparado con lo que había sido Pekín. Había muchiiiiiiiiiiiiiisimas personas, pero después de la muralla china y la ciudad prohibida, nos pareció que estábamos en unas cuevas descubiertas en medio del Ártico. Estaban excavadas en la roca de una montaña y dentro albergaban enormes figuras de Buda, algunas de ellas realmente impresionantes y la mayoría bastante bien conservadas.

Terminada la visita nos dirigimos hacia el monasterio colgante de Xuankong, situado a unos 85 kilómetros de las cuevas en dirección contraria. La carretera era un auténtico infierno y en muchas zonas que se estaban asfaltando hacían el desvío por en medio del monte entre zarzas y con pedruscos enormes. Para un todoterreno ni tan mal pero para el coche del año 56 que llevábamos fue bastante duro. También pasamos por una zona donde estaban construyendo un puente y al lado estaba todo lleno de chabolas y tiendas de campaña llenas de ropa y con camastros en su interior, por lo que nos imaginamos que los propios obreros vivían al lado de la obra hasta terminarla sin poder ir a sus casas.

Llegamos al monasterio 2 horas después. La entrada eran 130 Y. y al igual que en las cuevas se quedó en la mitad. Era impresionante verlo colgado en medio de la montaña, sustentado por unos enormes pilotes de madera. Antes no estaba tan arriba, pero debido a las crecidas del río lo fueron elevando cada vez más. Primero había que subir un montón de escaleras desde la entrada principal para acceder al monasterio. Una vez dentro nos encantó su conjunto, como estaba decorado, sus pequeños altares y salones, los inestables tablones que pisábamos y sobre todo las vistas que había de los alrededores. Daba un poco de cague asomarse, sobre todo si se tiene vértigo como yo, pero sin duda era una visita totalmente recomendable.

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Monasterio colgante de Xuankong
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Ya de vuelta, decidimos dar un paseo por el pueblo y buscar algún sitio para cenar. Había un montón de ambiente, un mercadillo callejero, la gente paseando y en un parque cercano un grupo de personas mayores cantando. Estaban separados en dos grupos, las mujeres por un lado y los hombres por el otro. Nos quedamos un rato viéndolo ya que sonaba de maravilla y además Iker estaba encantado.

Encontramos un sitio para cenar en el que estaba todo en Chino y además no había ninguna foto, así que optamos por señalar los platos de los comensales que a nuestro entender tenían buena pinta y con el buen hacer del camarero conseguimos cenar riquísimo por sólo 51 Y.

De vuelta al hotel después de una larga jornada, decidimos pedir un taxi para el día siguiente ya que no nos apetecía repetir la mala experiencia que habíamos tenido en Pekín y además el tren salía a las 7:45, con lo que no nos iba a dar tiempo ni a correr.

B.F.F.F.

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