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De Hella a Skogar en Islandia

Este pequeño tramo de distancia que había entre los pueblos de Hella y Skogar, atesoraban unos paisajes muy bonitos y unas cascadas que aunque no eran espectaculares, eran la puerta de entrada a lo que nos deparaba el viaje.

A las 7:00 de la mañana comenzaba un nuevo día. Por fin veíamos el sol por primera vez. Tras un rico desayuno de frostis y leche con galletas nos pusimos en marcha.

Nuestro primer destino del día iba a ser la cascada de Haifoss, para eso tuvimos que rehacer parte del camino del día anterior y después coger la carretera 32. Una carretera que iba pegada al río y cuyos paisajes eran una auténtica pasada. Además el sol de la mañana se reflejaba en el agua y al fondo, todos los montes nevados hacía que pareciese una postal. Hicimos un alto en Hjalparfoss. Una pequeña cascada doble en un desvío a mano derecha. Aunque no era muy grande, la situación, el lago que tenía debajo y el sol golpeándola le daban un aspecto muy bonito. Otra vez volvía el viento infernal que la jornada anterior nos había dejado un poco tranquilos. Tras las fotos de rigor continuamos por el valle de Pjorsa, donde los paisajes cada vez se volvían más espectaculares. Además como quedaba fuera de lo más turístico estuvimos prácticamente solos.

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Cascada de Hjalparfoss
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Cuando llegamos al desvío para la cascada de Haifoss, la segunda más alta de Islandia, había que atravesar un montón de zonas con agua y hielo. Pero llegó un momento en el que estaba todo helado y no se veía si había mucha profundidad por lo que nos acongojamos y decidimos dar la vuelta. Conviene recordar que íbamos con un coche casi de juguete. De pasada por un lago helado aprovechamos Iker y yo para hacer un poco de patinaje sobre hielo, pero en cuanto se empezó a resquebrajar un poco salimos pitando por si acaso.

De nuevo por la carretera de Hella unos 13 kilómetros después, cogimos el desvío 261 hasta la cascada de Gluggafoss. Lo bonito del camino era la cantidad de hierbas extrañas que parecía como si fueran paja y que nos acompañaron todo el trayecto.

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Búrfell
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La cascada de Gluggafoss
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La cascada estaba otra vez casi vacía de gente y aunque a lo lejos parecía un poco cutrecilla, cuando estuvimos debajo nos pareció preciosa. Además se podía subir por la campa que la rodeaba hasta la parte de arriba. Era bastante empinado pero con un poco de esfuerzo conseguimos llegar los 4 y disfrutar de las increíbles vistas del valle. Después de un buen rato deleitándonos con la inmensidad que había delante de nuestros ojos, la temida lluvia volvió a aparecer y tuvimos que comenzar el descenso. Eso sí, mientras bajábamos aprovechamos a tirarnos rodando y descansar en el mullido césped.

Para coger de nuevo la carretera 1 y no dar toda la vuelta, empalmamos con la 250 que aunque era de piedras sin asfaltar, yendo con cuidado no había ningún problema. El problema era lo justo que andábamos de gasolina y que no íbamos a tener ninguna por el camino.

Pocos kilómetros más adelante nos encontramos con la cascada Seljalandsfoss, otra increíble y enorme caída de agua. Lo más impresionante de esta, era el camino que había por detrás y que permitía rodearla y ver la fuerza y el estruendoso ruido desde muy pocos metros. Eso sí, había que ir bien cubierto ya que nos empapamos completamente y la gente no es que saliese mucho mejor.

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La cascada de Seljalandsfoss
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Cogimos de nuevo el coche. El depósito ya había entrado en reserva y no veíamos ninguna gasolinera por los alrededores. Llegamos al hotel que teníamos en Skogar, al lado de la cascada de Skogafoss. Era el Skogar Hostel. 178 € por una habitación bastante pequeña con literas y baño compartido. Limpio y calentito por lo menos era. Dejamos todo en la habitación, comimos y nos tumbamos a descansar quedándonos dormidos.

A las 18:00 nos activamos de nuevo un tanto preocupados por la gasolina ya que la gasolinera más cercana estaba a 30 kilómetros en el pueblo de Vik. Rezando todo lo que sabíamos y a una velocidad intermedia, empezaron a aparecer cuestas y todas eran hacia arriba, bajaban un poco y de nuevo seguíamos subiendo. Creímos que había un monte en Islandia más alto que el Everest y que a ningún explorador le había dado por descubrirlo. Lógicamente la última rayita del despósito desapareció y todavía teníamos 10 kilómetros por delante. Por fin empezamos a bajar del K2 y en punto muerto y pegando estrincones el coche llegamos al pueblo de Vik y a su increíblemente preciosa y maravillosa gasolinera. Aunque otro susto nos quedaba todavía. Había una pareja intentando echar gasolina y lo primero que nos dijeron era que no funcionaba. El alma se nos cayó a los pies. A ver que hacíamos anocheciendo y con los críos en un pueblo perdido de la mano de Dios. Pensando en recorrer las casas para ver si algún buen samaritano tenía por casualidad algún litro guardado, a Usu se le ocurrió hacer la prueba de ver si funcionaba. Resultó, que los muy torpes habían metido la tarjeta en otro agujero y por eso no la aceptaba. Al ver que salía el oro líquido de la manguera directo hacia nuestro depósito, nos pusimos más contentos que si nos hubiera tocado la lotería (digo yo 🙄 )

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La playa de Vik
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La playa de Reynisfjara
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Con el relax en el cuerpo, nos acercamos hasta la playa de Vik. Era de arena negra y tenía bastante oleaje. A nosotros nos pareció preciosa. Además al fondo se veían un conjunto de farallones que emergían del medio del mar. Conocidos como Reynisdrangur y que según la leyenda local eran los mástiles de un barco que estaban robando los troles cuando fueron sorprendidos por la salida del sol.

De vuelta al hostel hicimos una última parada en la playa de Reynisfjara. La puesta de sol, las columnas basálticas y las grutas que había cerca de los acantilados, fueron la guinda perfecta a un día en el que ya empezábamos a enamorarnos de ese maravilloso país.

B.F.F.F.

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