De Joal-Fadiouth a Palmarín, Senegal

El gran baobab sagrado en Joal-Fadiouth, Senegal
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Sept place de Palmarín a Joal - Fadiouth en Senegal.
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De Joal-Fadiouth a Palmarín, Senegal

Niños jugando en la playa de Palmarín en Senegal

En Palmarín, otro tranquilo pueblo situado a 20 kilómetros al sur de Joal- Fadiouth, seguiremos relajándonos en sus fantásticas aguas, acechados por un monstruo de hierro oxidado que emerge de las profundidades del océano.

Nada más irnos a la cama la noche anterior intuímos que no la íbamos a pasar muy a gusto. Y eso fue lo que sucedió. De nuevo en la habitación hacía un calor insoportable. Encendimos el ventilador para que la refrescara, pero el ruido que metía no lo hacía ni un avión de combate rompiendo la barrera del sonido. Así que la única opción, era abrir de nuevo puertas y ventanas para ver si entraba aire fresco. Pero esta vez, al estar en medio del pueblo y no pegados a la playa, lo único que entró fue una cantidad ingente de mosquitos. Menos mal que llevábamos nuestras mosquiteras desde casa. Vimos todas las horas del reloj y muchos minutos también. Cuando por fin conseguimos dormirnos, les dió por empezar a cantar la serenata a esos preciosos gallos que habíamos visto merodeando por todo el pueblo. Eran las 5:00 de la mañana y estaba completamente de noche. No se suponía que cantaban al amanecer???? 👿

Con unas ojeras que nos llegaban hasta el suelo después de dos días de casi insomnio total, ingerimos el correcto desayuno que nos había preparado Pascual. Recogimos todos nuestros bártulos y fuimos hasta la «estación» de coches para ir a Palmarín. Era diferente a la que iba dirección Mbour. Se trataba de un callejón en una esquina del pueblo, en el que había un par de furgonetas y un coche bastante destartalado.

 

Llegamos los primeros, lo cuál aquí siempre era buena señal aunque luego hubiera que esperar. La sorpresa fue, que para ir hasta Palmarín no había sept place, sino unas furgonetas bastante desvencijadas llamadas «ndiaga ndiaye» en las que se va como sardinas enlatadas. Poco a poco fueron llegando los pasajeros y en 1 hora más o menos pusimos rumbo a Palmarín. Aunque no había quien moviera un sólo músculo del cuerpo, por lo menos habíamos cogido los asientos menos malos y el viento a través de la ventanilla, hizo que el viaje no fuera tan agobiante. Pagamos 2.100 CFA. Hizo una pequeña parada en un pueblo intermedio, llamado Samba Dia, y una hora más tarde estábamos en nuestro destino. La carretera, por llamarle de alguna manera, era de tierra compacta con unos agujeros estilo cráteres lunares. El recorrido era precioso, con un montón de aves exóticas por las diferentes lagunas que íbamos pasando.

Palmarín

Al bajar del ndiaga ndiaye, nos encontramos en el medio de la nada. 4 casas, atravesadas por una carretera de color arcilloso y reluciente, y un gran babobab en la cuneta haciendo las funciones de parada. Era el sitio perfecto para vender el alma al diablo.

Sin saber que hacer ni a donde ir, nos apareció de la nada Ibrahim. Aunque no hablaba castellano como Pascual, el inglés más o menos lo dominaba. Nos dejamos guiar y nos llevó hasta un «campament», regentado por su familia. Consistía en varios «bungalows» de piedra, en los que había una cama de matrimonio, un par de sillas, un pequeño armario y un lavabo. No tenían baño, pero nos dijo que podíamos utilizar el de su casa. Y que si queríamos ver la tele que también éramos bienvenidos.

 

Aunque uno de los requisitos que teníamos era el baño en la habitación, viendo como era el pueblo, no veíamos muchas posibilidades de que eso pudiera llegar a concretarse. Así que como el sitio estaba limpio y la playa a poco más de 20 metros, decidimos quedarnos y no buscar más. El precio fue otras 7.000 CFA, por lo que tampoco intentamos regatear.

Dejamos las mochilas y nos fuimos a disfrutar de la playa. La zona cercana al pueblo estaba bastante sucia, pero 100 metros más adelante era perfecta para bañarse y disfrutar de sus templadas aguas. En medio del mar, a poco metros de la orilla, partido por la mitad debido a la fuerza de las olas, se erigía un enorme barco completamente oxidado, que le confería un aspecto un tanto siniestro a la zona. Era chulo verlo, pero parecía un barco fantasma.

Coincidimos con un grupo de niños que estaban jugando a fútbol en la playa y como parecía que por allí tampoco se prodigaban muchos extranjeros, en cuanto nos vieron, dejaron de jugar y vinieron a donde nosotros. Aunque no nos entendíamos, nos pasamos toda la mañana jugando con ellos en el agua y luego echando un partidito. Fue una mañana muy entretenida y divertida.

 

Volvimos a la casa a buscar a Ibrahim para ver si nos llevaba a algún sitio a comer. Y como no, el sitio al que nos llevó también estaba regentado por su familia. Nos sentamos y nos pusieron unas cervezas mientras esperábamos. Al de poco, empezaron a llegar unos cuanto chavales que se sentaron con nosotros. Uno de ellos, Bubba, hablaba un perfecto inglés, lo que nos ayudó mucho en la comunicación con el resto de muchachos.

Tras un rato de estar sentados, aparece Ibrahim y nos pregunta a ver que queremos comer, le decimos que pescado con arroz. Vuelve pasados 15 minutos y nos dice que como es fiesta, no han salido a pescar. Habíamos coincidido con una fiesta que hacen por el nacimiento de los niños, y por la noche, veríamos a todo el pueblo alrededor de unos bafles con música africana, cantando y bailando. Las mujeres llevaban unos trajes coloridos preciosos.

Bueno, a lo que iba. Le decimos que entonces pasta, la que quiera y ya está. Nos asiente con la cabeza y sigue charlando como si nada. Edu y yo nos miramos un tanto sorprendidos, pero no decimos nada ya que estábamos a gusto. Media hora después le vemos que se levanta y nos dice que va a comprarla 😯 Pero ahí no quedaba todo, ya que cuando creíamos que la comida estaba a fuego lento preparándose por el tiempo que llevaba, aparece una señora e Ibrahim nos la presenta como su tía, la cocinera. No dábamos crédito. Como hora y media después conseguíamos tener la comida en la mesa. Podría parecer exagerado, pero nos sentamos a «comer» a las 14:00 y cuando dejamos el plato como los chorros del oro, eran las 17:15. Eso sí, de nuevo estuvo todo riquísimo. Unos platos enormes de spaguettis con cebolla pochada, patatas fritas y una tortilla francesa un tanto rara. En vez de 2 raciones, sacó para tres. Y todo eso, con cuatro cervezas y algún refresco que invitamos a los chicos, salió por sólo 7.800 CFA. Eso sí que parecía una broma.

 

Volvimos a la playa a darnos el último chapuzón del día. El calor que hacía era insoportable. Había que estar todo el rato metidos en el agua. Además el trayecto en el burro del día anterior, con toda la solana pegando de lleno nos había hecho bastante daño en algunas partes del cuerpo.

Sobre las 19:00 fuimos a pegarnos una ducha y seguido ver la puesta de sol. Paseamos por el pequeño pueblo, en donde vimos a sus gentes pasárselo en grande bailando sin parar. Nos encontramos de nuevo con Bubba y nos hizo de guía enseñándonos los recovecos. Picamos unos pinchos morunos o algo parecido, en los puestos que había en la zona de baile y nos fuimos a dormir a ver si esta vez conseguíamos descansar.

Vaya viaje más estresante que estábamos teniendo, no sabíamos si íbamos a poder continuar con tanto ajetreo 😉

B.F.F.F.

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