De Palmarín a Tambacounda, Senegal

Niños jugando en la playa de Palmarín en Senegal
De Joal-Fadiouth a Palmarín, Senegal
Parque nacional Niokolo Koba en Senegal.
Parque nacional Niokolo Koba, Senegal
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De Palmarín a Tambacounda, Senegal

Sept place de Palmarín a Joal - Fadiouth en Senegal.

Esta vez tocaba día viajero, ya que en el último momento decidimos cambiar los planes que teníamos e internarnos en el corazón de Senegal para llegar al día siguiente hasta el Parque Nacional Niokolo Koba.

Durante la noche y al no poder dormir debido a las «templadas» temperaturas que nos estaban acompañando, echamos una ojeada a la ruta que teníamos más o menos diseñada. Volver de nuevo a Dakar para coger el ferry hasta Ziguinchor era demasiada pérdida de tiempo, ya que se nos irían cerca de 2 días en los desplazamientos. Por lo que decidimos que lo mejor era ir hacia el interior del país y poco a poco llegar hasta el Parque Nacional Niokolo Koba, en el que en teoría todavía vivían los grandes mamíferos del continente africano.

Como iba a ser un día largo de transportes, nos levantamos temprano y para las 7:30 ya estábamos en el baobab de la carretera que cruzaba Palmarín, a la espera de que saliese algún transporte en nuestra dirección. En menos de 5 minutos vemos que se acerca un sept place y le hacemos señas para que pare. Nos montamos y nuestros ojos vuelven a quedarse anonadados con la imagen que ven. Estaba completo, es decir nosotros hacíamos los pasajeros 8 y 9. La verdad es que no sé ni como conseguimos entrar, pero viendo que allí había más negocio, el chófer mandó moverse a todo el mundo para que pudiéramos meter el culo. Embutidos cuál rico chorizo después de la matanza, empezamos a fijarnos en el vehículo en el que nos estábamos transportando. Este se llevaba la palma de todos en los que nos habíamos montado. Sólo poseía el armazón del coche, se veía la carretera por dentro de todos los agujeros que tenía el suelo, las puertas estaban enganchadas con unas lazadas para que no se abrieran y el capó lo ataba con un par de cuerdas. No había más que volante, palanca de cambios y dudosos asientos. Menos mal que en media hora llegamos.

 

En Joal – Fadiouth, teníamos que ir hasta la otra gare, que era desde donde salían los transportes hasta Mbour, así que cogimos un taxi por 200 CFA que nos acercara. Nada más bajarnos, vino un hombre directamente hacia nosotros y nos preguntó a donde ibamos, le decimos que a Mbour, y casi sin dejarnos ni coger las mochilas nos lleva a empujones hasta una ndiaga ndiaye en la que faltaban sólo dos sitios para llenarse. 1.000 CFA. Así que salimos de la misma. En hora y media habíamos llegado a Mbour.

Aquí la cosa no fue tan fácil, ya que la hora punta había pasado y para llenar el sept place tardamos casi otra hora y media. Aunque lo bueno de estas cosas, como dije anteriormente, era que cogíamos los sitios menos malos. Tardamos 2 horas en recorrer los 110 kilómetros que separan Mbour de Kaolack. La carretera estaba en muy buenas condiciones, salvo el tramo final del camino, en el que había unos agujeros tan grandes que había que pararse literalmente para pasarlos poco a poco y no destrozar lo poco que quedaba sano de los coches. En algunos tramos incluso iba por los arcenes llenos de matorrales, ya que presentaban una mejor estampa que la propia carretera. Por el camino, vimos unos cuantos camiones volcados con toda su carga esparcida por el suelo.

Al llegar a Kaolack, tuvimos que volver a cambiar de nuevo de estación. Cuando nos bajamos fue brutal el acoso que sufrimos por parte de los taxistas para que les cogiéramos a ellos. Hasta tal extremo llegó, que el propio conductor que nos había llevado desde Mbour se dió cuenta y nos dijo que volviéramos a subir al coche que nos llevaba él. Le dimos una propina aunque no la quiso aceptar.

Esta vez éramos los terceros en conseguir sentarnos, con lo que el asiento delantero estaba ocupado, pero por lo menos no nos tocaba ir atrás del todo (insufrible a más no poder). Muy importante dato en este trayecto, ya que iba a ser el más largo. Cerca de 300 kilómetros y según nos decían los lugareños, tardaríamos unas 6 horas. Cayeron unas pocas gotas de agua. Las primeras desde que habíamos pisado tierras senegalesas. Era sobre esas fechas cuando empezaba la temporada de lluvias, pero lo peor era en julio y agosto, así que confiábamos en que hubiera sido sólo un pequeño aviso.

Mientras esperábamos, aprovechamos a comprar diversas cosas a los vendedores ambulantes, ya que nuestras tripas estaban empezando a rugir. Unos plátanos por 200 CFA, cacahuetes por 50 CFA, unos pinchos calientes por 50 CFA cada uno y algo que era como pescado seco y que estaba buenísimo por 100 CFA.

 

A las 14:20 salimos dirección Tambacounda. La carretera era una auténtica maravilla y no había casi circulación. Sólo aminoraba un poco la marcha cuando atravesaba los pueblos. El paisaje era muy árido y empezaban a verse los típicos poblados pequeños, cercados por una valla con sus cabañas redondas de adobe y techo de paja, y unas pocas vacas famélicas comiendo la escasa hierba que crecía alrededor. Empezamos a sentir la sensación de estar en el continente africano que tantas veces habíamos visto en los documentales.

Tambacounda

Tardamos 3 horas y media en llegar, lo que nos supuso una gran alegría después de haber pensado que iban ser 6. Vamos a buscar alojamiento y damos con el Hotel Niji. Las habitaciones eran bastante cutres para lo que costaba, 22.500 CFA, pero como tenía piscina, nos había ganado totalmente. Después del día ajetreado de coches que nos habíamos pegado, un buen baño era primordial sobre cualquier otra cosa. Dejamos todo y casi vestidos nos lanzamos al agua. Eso ya era otra cosa…. nos estábamos empezando a estresar y eso en este relajado país no podía ser.

 

Después de un buen rato a remojo, nos fuimos a buscar internet, 250 CFA la hora, y a comer algo. Por la calle nos abordó un chico que nos ofreció llevarnos a un restaurante. Como hablaba un poco de inglés, nos pareció buena idea seguirle. El restaurante resultó ser su casa. Mientras el hombre hacía la comida, nosotros estábamos sentados en dos sillas al lado de una cama en donde había dos niños pequeños durmiendo. Eran sus hijos. Al lado en una habitación diáfana, tenía una mesa en la que nos sentamos a comer. 2 platos de verdura con una salsa rara y un poco de pollo, por 2.000 CFA. Estaba todo riquísimo.

Una vez terminada la comida y tras despedirnos de nuestro especial chef, nos fuimos a dar una vuelta por la ciudad. Era bastante fea y con mucha suciedad por todos lados. Volviendo hacia el hotel y ya de noche nos pasó una cosa curiosa. En las calles no había farolas. Miento, sí las había pero el 99% de ellas estaban apagadas. Empezamos a oir voces y no veíamos a nadie, estábamos empezando a acojonarnos, cuando de repente vimos a un lado un puesto callejero con una pequeña luz y al fijarnos bien, distinguimos que había gente en los lados de la carretera hablando unos con otros. El color de la piel y la oscuridad total que había, no nos permitía distinguir a las personas. Ellos con nosotros lo tenían bastante más fácil, ya que nuestro blanco brillaba hasta dentro del agujero más profundo.

Llegamos al hotel y como todavía teníamos bastante hambre, nos metimos un par de ensaladas y dos sandwiches, regados de dos fresquísimas cervezas. Los sandwiches, eran dos pedazo baguettes rellenas de todo lo imaginable. 5.800 CFA.

Nos fuimos a la cama con la idea de al día siguiente buscar a alguien que nos llevara hasta el Parque Nacional Niokolo Koba.

 

B.F.F.F.

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