De Patara a la Península de Datca, Turquía

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De Patara a la Península de Datca, Turquía

Dalyan en Turquía

Desde Patara, que posee la playa más larga de Turquía y con unas preciosas ruinas del siglo II, pasaremos por los soberbios Valles de la Mariposa y Faralya. Nos bañaremos en la fantástica aunque saturada playa de Ölüdeniz, para seguir hasta el pueblo de Dalyan con sus increíbles tumbas Licias excavadas en la roca. Y por último, llegaremos hasta la escarpada Península de Datca en donde podremos admirar sus pintorescos pueblos y paisajes.

Después de 3 días sin haber saboreado las mieles de un rico colchón, nuestros cuerpos lo agradecieron sobremanera y nos dieron las 10:00 dormidos como troncos. Y no fue más porque oímos unos golpes en la puerta que nos despertaron. Eran los dueños para preguntarnos a ver si íbamos a desayunar. Después de la deliciosa cena del día anterior no lo íbamos a desaprovechar, así que todavía con las legañas fuimos a degustar un delicioso desayuno casero. Pan típico de allí con queso fresco, mermeladas, mantequilla, ensalada de tomate, café y leche.

 

Tras recoger todo y con pena de dejar ese lugar tan hogareño, cogimos el coche para acercarnos hasta las ruinas de Patara. Para entrar al recinto, el cuál incluye la playa, hay que pagar 10 LT por persona. Patara es conocida además de por haber sido un importante puerto de comercio, porque aquí nació San Nicolás, obispo de Myras y que dió lugar a la leyenda de Papá Noel. Las ruinas están en proceso de restauración, pero aún así es una visita muy recomendable. Además, la soledad y el bello paisaje hacen que la experiencia sea más gratificante todavía. Y para poner la guinda a la visita, un par de kilómetros más adelante, se encuentra la playa más larga de toda Turquía, con 18 kilómetros y considerada una de las mejores del mundo. Está rodeada de montañas y enormes dunas de arena. Y al igual que las ruinas, está completamente desierta. Estuvimos unas horas disfrutándola y aún así aparecieron poco más de una docena de personas.

Desde allí y siguiendo la costa, pusimos dirección Ölüdeniz. Nuestro guía de carreteras en este viaje era el gps, y hasta ese momento no se había portado mal. Pero no sabemos si fue por el calor o porque nos habíamos olvidado de él en el coche todos los días, en vez de llevarle con nosotros a ver los sitios y a comer, el caso es que la ruta que nos trazó fue de lo más vengativa. Aunque hay que reconocer que con un gran subidón de adrenalina y unas vistas increíbles. Recorrimos la costa, atravesando el precioso Valle de la Mariposa y Faralya. Pero la carretera, por llamarla de alguna manera, eran pedruscos en un camino de cabras y con una anchura poco más grande que la del coche. Todo esto sin quita-miedos por el lado del acantilado y a una altura de unos 900 metros. Había que ir muy despacio, ya que al frenar las ruedas patinaban. Hubo momentos de gran tensión, menos mal que los enanos después de la playa se habían quedado dormidos y no se enteraron de nada. Aunque seguro que ellos la habrían gozado. Nos recordaba a las típicas carreteras que se ven por la zona del Himalaya. Menos mal que en todo el camino no nos cruzamos con ningún coche, porque sino allí que seguiríamos todavía dilucidando quien daba la vuelta. Aún con el mal trago que pasamos, las zona era una auténtica pasada.

 

 

Ölüdeniz y Dalyan

Accedimos a Ölüdeniz, con su increíble laguna de agua azul turquesa, rodeada de montañas y una preciosa playa de piedras en el lado contrario. Todo idílico sino hubiese sido por los millones de turistas que lo poblaban. La entrada a la playa con el coche costaba 40 LT. Estuvimos intentando disfrutar de la belleza que desprendía el paisaje y sus aguas, pero el gritar de los guiris borrachos y la cantidad de gente con muy mala educación, hicieron que abandonáramos ese lugar tan bello en poco más de una hora. Fuimos al otro lado de la laguna, donde hay una playa de piedras y allí se estaba más tranquilo, pero después de un par de baños, cogimos el coche y dejamos atrás el pueblo. No teníamos pensado gastar ni una sola lira en ese lugar, en el que además estaban todos los carteles en inglés, lo que demostraba la contaminación turística que tenía. Exagerado??? tal vez, pero para nuestra forma de ser y de viajar, eso no merecía ni un segundo más de nuestro tiempo.

Otra vez en ruta, con un alto en el camino para pegarnos una buena jamada, ya que los baños nos había abierto el apetito, llegamos a Dalyan. Es un pueblo muy chulo, al lado de un río del mismo nombre y con unas tumbas lícias al otro lado del río, excavadas en la roca de una montaña. Buscamos alojamiento y encontramos el camping Dalyan por 50 LT. Es muy bonito, con un montón de sombra y las parcelas con mucha hierba, además está todo muy limpio y bien cuidado. La única pega el dueño, que iba de graciosillo y era tonto de coj…..

Pusimos la tienda y fuimos hasta el bar a tomar algo. Daba justo al río con las tumbas lícias enfrente. La situación era inmejorable. Además vimos que había un par de personas bañándose y no lo dudamos ni un segundo, vuelta corriendo a la tienda a ponernos el traje de baño y mientras picábamos algo y nos tomábamos unas cervecitas, lo alternábamos con unos chombos en el río. Fue una tarde de lo más entretenida.

 

 

 

Cuando fuimos al centro a dar un paseo y a cenar, que estaba a unos 10 minutos andando desde el camping, nos dimos cuenta que la tranquilidad de la que habíamos disfrutado hasta entonces en nuestro recorrido por Turquía, había llegado a su fin. Estos pueblos de la costa mediterránea que estábamos atravesando y días más tarde, los que bordean el Mar Egeo, eran ya muy turísticos y estaban saturados de gente. Había que cambiar el chip y concienciarse de que era lo que tocaba.

Cenamos un par de hamburguesas, kebabs, una ensalada, patatas, refrescos y cerveza por 50 LT. Nos acercamos hasta la oficina de turismo y nos informamos sobre una ruta por el río para llegar hasta la playa de Istuzu, que sería la excursión que haríamos al día siguiente. Vuelta al camping y a dormir.

Como tocaba día de excursión y habiendo visto la cantidad de gente que había por esos lares, decidimos que lo mejor que podíamos hacer era madrugar. Así que a las 8:00 estábamos en el restaurante del camping, preparados para desayunar unos frecos zumos de naranja naturales con unas tostadas y una tortilla francesa, 25 LT. Preferimos recoger todo, para así luego no andar preocupados por si se nos pasaba la hora del check-out. Lo metimos en el coche y nos acercamos hasta el centro del pueblo que era desde donde salían los barcos que hacían la ruta por el río hasta la playa. El billete costaba 10 LT por persona y los críos no pagaban. En unos 40 minutos y en un paseo muy agradable por el río Dalyan, llegamos a la playa de Istuzu. Aunque no teníamos ni idea, la playa es uno de los lugares de anidación de la tortuga boba, lo que hace que esté protegida y no se pueda construir nada, por lo que todos los alrededores están impolutos. En la arena hay un montón de estacas señalando las zonas donde se encuentran los huevos ocultos de las tortugas para que se tenga cuidado. Aunque la playa no es nada del otro mundo, el paraje que la rodea si que tiene su encanto.

Estuvimos disfrutándola con muy poca gente, pero según iba avanzando la mañana iban apareciendo cada vez más y más turistas, así que volvimos al barco y regresamos hasta el pueblo. Comimos en el mismo sitio que habíamos cenado el día anterior y cogimos el coche poniendo dirección a la Península de Datca.

 

 

Esta zona de Turquía, aunque también es muy turística, está bastante menos congestionada. La razón creemos que se pueda deber a que hace falta medio de locomoción para llegar hasta allí y el transporte público es un tanto escaso. La carretera, pegada al mar, desciende 80 kilómetros por un terreno abrupto, pasando por preciosas aldeas de pescadores y con continuos entrantes y salientes de la tierra y el mar. Además hay un montón de calas donde parar y darse un refrescante chapuzón. Aunque son sólo 150 kilómetros desde Dalyan, tardamos más de tres horas en hacer el trayecto, debido a las continuas paradas y a los bañitos intermedios

Casi anocheciendo llegamos al pueblo de Datca. Y pegado a la playa encontramos el Ilica Camping. Está un poco viejo y descuidado, además la zona de acampada no tiene nada de hierba, pero como ya era tarde y la situación al lado del mar era inmejorable, decidimos quedarnos allí y no buscar más. Mientras Usu y los críos montaban la tienda, yo me acerqué hasta un supermercado Carrefour que habíamos visto a la entrada del pueblo. Hice unas compras para cenar y para picar durante los trayectos del coche y cuando colocamos todo y Noa vió lo que había comprado casi se pone a llorar de la emoción. Eran unos simples Petit-suise, pero después de tantos días con comida que no era la de su casa, le había hecho mogollón de ilusión verlos. Usu, Iker y yo nos moríamos de la risa.

Cenamos a gusto y tranquilos al lado de la tienda. Y sin ganas de hacer nada más que tumbarnos, dimos por finalizado el día.

B.F.F.F.

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