De Saly Niakh Niakhal a Joal-Fadiouth, Senegal

Puesta de sol en Saly Niakh Niakhal en Senegal
De Dakar a Saly Niakh Niakhal, Senegal
Niños jugando en la playa de Palmarín en Senegal
De Joal-Fadiouth a Palmarín, Senegal
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De Saly Niakh Niakhal a Joal-Fadiouth, Senegal

El gran baobab sagrado en Joal-Fadiouth, Senegal

Tras relajarnos en la fantástica Saly Niakh Niakhal, volvimos a la carretera para continuar nuestro viaje hacia el sur, llegando a los también ribereños pueblos de Joal – Fadiouth. Allí nos empezamos a impregnar de la cultura senegalesa, gracias a convivir en la casa de un lugareño. Y también pudimos disfrutar de un par de excursiones interesantes.

Vaya noche!!!! En la habitación hacía más de 40 grados y el ventilador no funcionaba debido a las restricciones de electricidad que había en la zona. A eso de las 2:00 de la mañana se levantó Edu empapado en sudor y se metió en la ducha para refrescarse. Aunque era un recurso para poco tiempo, yo también hice lo mismo y por lo menos pudimos descansar un par de horas más. Sobre las 4:00, decidimos abrir la puerta y las ventanas de la habitación para ver si entraba algo de aire fresco, ya que estábamos cerca del mar. Eso ya fue otra cosa, conseguimos rebajar la temperatura hasta los 35º 😥  Además, las mosquiteras tampoco es que ayudaran mucho.

De vuelta en vuelta y sin haber pegado ojo en casi toda la noche, nos levantamos a desayunar. Eran las 8:00 de la mañana y nos encontramos la mesa puesta en la terraza del hotel con un fantástico desayuno. 2 baguettes, zumo, leche, 2 tortillas, creppes, nocilla, mermeladas variadas, ….. Ni el mejor buffet de un 5 estrellas.

Hicimos el check-out, para lo cuál el dueño no tuvo que esforzarse mucho, ya que éramos los únicos alojados en el hotel, y fuera ya nos estaban esperando los chicos para llevarnos a Mbour. Como no podía ser de otra manera, el precio pactado el día anterior se había incrementado considerablemente desde la 2.500 CFA hasta las 8.000. Y todo esto sin despeinarse ninguno de los dos. Nos bajamos del coche deseándoles buena suerte con otros viajeros a los que engañar y en cuanto estábamos sacando las mochilas del maletero, rápidamente se echaron atrás diciéndonos que volviéramos a entrar, que ahora sí valía el precio acordado anteriormente. En otro momento, les habría mandado a tomar viento, pero como el pueblo estaba bastante muerto, era posible que nos hubiera llevado mucho tiempo encontrar otro transporte, así que tragando un poco de orgullo, volvimos al coche y nos llevaron hasta la gare routiere de Mbour.

 

Aquí volvimos a ser testigos de otro espectáculo como el de Dakar. Nos quedó claro que todos los transportes serían de la misma manera, que no por ser Dakar una capital un tanto caótica, iba a ser diferente el resto de Senegal . Pero esta vez sí que hubo una gran diferencia y era que en vez de ser los últimos en montar, fuimos los primeros, con lo que cogimos los dos mejores asientos. El del copiloto y justo detrás. El billete nos costó 2.500 CFA y el viaje fue de lo más placentero comparándolo con el otro. La pena es que sólo fue una hora.

Nada más bajarnos del coche, un hombre llamado Pascual, se nos presentó hablando un perfecto castellano. Nos ofrecía dormir en su casa, que estaba en la isla de las conchas, y hacernos de guía por el pueblo. Como no perdíamos nada, y necesitábamos alojamiento aceptamos ir a mirar y luego decidiríamos.

Joal – Fadiouth, son dos pueblos unidos por un largo puente de madera, uno está en el continente, Joal, y el otro, es una isla completamente llena de conchas, situada en el extremo contrario. Atravesamos el pueblo prácticamente entero, ya que la casa estaba en una esquina y nos sentimos el centro del universo. Éramos los únicos extranjeros y encima blancos, con lo que sobresalíamos ligeramente. Todas las miradas iban dirigidas hacia nosotros a cada paso que dábamos.

 

Ya en casa de Pascual, nos enseñó una de las habitaciones que tenía y como nos imaginábamos eran de lo más simples. Pero como dije anteriormente, tenía cama, baño y estaba limpia, con lo que ya nos era suficiente. Además así podríamos convivir con una familia. Nos pidió 7.000 CFA y como nos pareció excesivamente barato ni nos planteamos un regateo.

Mientras dejábamos nuestras pertenencias, apareció con un par de cervezas grandes bien frías. «Como signo de amistad y bienvenida» nos dijo. Seguido nos propuso ir a ver el gran baobab sagrado que estaba a unos 10 kilómetros del pueblo. Nos pareció muy buena idea, ya que sino íbamos a estar sin hacer nada más que andar. Aquí sí que tuvimos que regatear, ya que nos pidió 10.000 CFA y eso nos pareció exagerado, al final lo dejamos en 5.000.

Aunque nos habría gustado más hacerlo todo por nuestra cuenta, no nos vino mal, ya que nos presentó a un montón de gente, y nos enseñó el pueblo de maravilla. Desde allí atravesamos un puente de madera que llevaba hasta el cementerio. Estaba en un alto, rodeado de preciosos árboles y conchas por doquier. Pero lo más llamativo era que estaban enterrados juntos los cristianos y los musulmanes. Allí no tenían diferencias, cada uno profesaba la religión que le daba la gana y luego todos eran vecinos bien avenidos. En el pueblo también había una mezquita y una iglesia a muy poca distancia una de otra. Era una gozada escucharle hablar a Pascual sobre ello.

 

Cuando salimos del cementerio, nos estaba esperando nuestro transporte hasta el gran baobab. Un coche, una moto, unas bicicletas,…???? NO!!! Era un burro atado a un carro con una tabla grande en la que nos teníamos que montar Edu, yo y nuestro nuevo guía. Pascual no venía con nosotros, no sabía nada 😉 Nos dijo a ver si queríamos cenar en su casa y le dijimos que por supuesto. Nos pidió 5.000 CFA para comprar pescado y alguna cosa más. Nos pareció correcto y se lo dimos. En ningún momento tuvimos la sensación de que nos fuera a estafar, salvo el típico regateo por todo, pero eso es algo que entra dentro de este mundillo.

Montados en nuestro precioso y distinguido carruaje nos pusimos en marcha. Una hora después, con el culo reventado de tanto bache, con algún que otro susto, ya que el burro hacía lo que le daba la gana y tras atravesar unos preciosos manglares, llegamos a un sitio en el que no había nada de nada. Se parecía a la sabana de los documentales, árboles desperdigados, una tierra árida donde decenas de vacas famélicas comían la escasa hierba que crecía y un calor de más de 40 grados. Pero había que reconocer que tenía su encanto y nosotros estábamos maravillados.

Al fondo divisamos un enorme árbol, era el tan comentado gran baobab sagrado. El baobab es el árbol típico de la zona, pero este sobresalía por sus dimensiones. Según nos dijeron tenía 32 metros de circunferencia. Alrededor había unos cuantos vendedores de tallas de madera muy chulas y diversas cosas más, pero habiendo comenzado el viaje no era todavía momento para comprar nada. Nos acercamos y vimos que había un agujero, el guía nos dijo que entráramos. Aunque al principio estábamos un poco reacios, finalmente nos decidimos. El agujero era poco más grande que el de una lavadora, así que para dos personas de 1,90 y con menos flexibilidad que un playmobil, no fue tarea fácil. El interior era enorme, estaba casi completamente hueco, la parte de arriba estaba llena de murciélagos y las paredes del tronco de unos bichos que no sabíamos que eran, pero había miles de ellos.

 

Terminada la sorprendente visita, tocaba la dura vuelta hasta Joal – Fadiouth en nuestro carromato. Otra hora después y completamente achicharrados por el sol, nos sentamos en un bar a tomar una rica cerveza. 1.000 CFA cada una. Pedimos algo de picar y nos pusieron unos cacahuetes calentitos que estaban para chuparse los dedos. También nos metimos un buen plato de arroz con pollo y un par de ensaladas.

Del calorazo que habíamos pasado, necesitábamos refrescarnos a parte de por dentro como acabábamos de hacer, también por fuera, así que nos acercamos hasta la playa a darnos un chapuzón. Allí coincidimos con un hombre que estaba reparando su bote. Nos propuso llevarnos hasta una isla muy chula que había cerca. Todavía eran las 15:30, en este país el tiempo era eterno. Así que nos montamos para probar, pero sobre todo para estar entretenidos. Después de mucho esfuerzo ya que iba a contracorriente, y el motor eran sus brazos con un par de remos, llegamos a la isla. Era un sitio muy chulo, azotado por el viento y revoloteando alrededor decenas de pelícanos y grullas. Nos dimos un baño y volvimos a tierra firme. Aunque habíamos quedado en hacerlo por 3.000 CFA, le dimos 4.000, ya que el pobre hombre se había dado un palizón para llegar hasta la isla.

Volvimos al pueblo y nos sentamos en un banco a la sombra. Los jubiletas se nos acercaban curiosos intentando conversar, pero no pasábamos de un, bon jour – savah – tre vian – «no compro pan» – arre voi….. una pena. Buscamos algún sitio en el que hubiera internet, pero el único que había estaba cerrado porque era domingo. Aunque al vernos un niño, nos dijo que esperáramos y enseguida lo tuvimos abierto para nosotros. Costaba 1 hora 250 CFA. Los ordenadores eran un tanto arcáicos, pero funcionaban.

 

Después fuimos a casa a ducharnos para cenar, ya que por fin era de noche. La ducha eran unos bidones de agua con un cazo al lado para llenarlo e ir echándotelo por encima. No había agua corriente.

Buscamos a Pascual por todo el pueblo, pero nadie le había visto, así que para hacer tiempo, otra vez, fuimos al bar de Simón (un antiguo conocido) a tomar una cerveza. Había un ambiente por la noche que era una gozada. Todo el pueblo salía a la calle a pasear. Otros, los más mayores, se sentaban en sillas delante de las casas, y hablaban entre ellos.

Compramos unas cuantas chuches en una pequeña tienda y se las íbamos dando a los enanos que venían curiosos a investigar quiénes eran esos blanquitos, y por algunas zonas rojitos 😉 que estaban en el medio de su pueblo. Una pequeñaja vino con un bocata más grande que ella y nos lo quiso dar. Casi nos la comemos a ella de lo rica que era.

Por fin apareció Pascual y nos fuimos a cenar. Preparó un arroz con pescado que acababa de comprar. Todo ello con una salsa de cebolla, pimienta y unos liquidos que no sabemos que eran. Estaba todo impresionante. Ademas comimos al estilo senegalés, es decir con la mano, con lo que nos supo más rico todavía. Fue una preciosa cena en familia, en la que nos divertimos de lo lindo.

Tras una larga sobremesa, nos despedimos de todos los integrantes de la casa y nos fuimos a la cama. Había sido un larguiiiiiiiiiiiiiiiiisimo día, que no estresante.

 

B.F.F.F.

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