El fiordo Geiranger y sus alrededores

Fiordo Geiranger desde el mirador de Flydalsjuvet en Noruega.
Acercándonos a los fiordos noruegos
Puesta de sol en los Fiordos Noruegos.
El glaciar Jostedalsbreen con sus diferentes brazos
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El fiordo Geiranger y sus alrededores

El fiordo Geiranger desde el mirador de Ornesvingen en Noruega.

Asentados en uno de los camping con mejores vistas del mundo (para nosotros), nos dedicaremos a explorar los alrededores de esta maravilla de la naturaleza, declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Recorreremos sus espectaculares miradores, llegaremos hasta el inicio de la caída de la cascada Storseter y nos quedaremos sin palabras, ante la belleza del fiordo Geiranger, visto desde el agua en una motora alquilada para nosotros solos.

Sabedores de que el día lo íbamos a pasar en Geiranger y sus alrededores, nos lo tomamos todo con mucha calma. Lo idílico del paisaje también ayuda a ello. A las 8:30 estamos todos despiertos menos Noa. Hemos descansado de maravilla. Hacemos tiempo, dando un paseo por el camping y deleitándonos con el fantástico paisaje. El día amanece nublado, pero poco a poco va despejando, aunque hay momentos en los que se vuelven a meter las nubes y caen algunas gotas. Si aguanta así el día, firmamos ya. Sobre las 10:00, a lo lejos, vemos aparecer una cosilla corriendo hacia nosotros más feliz que una perdiz. La marmota Noa , se había despertado por fin. Así que cogemos todos los bártulos del desayuno, y en las mismas mesas que la noche anterior, nos metemos un sabroso desayuno.

Como el día todavía estaba un poco nublado, nos vamos primero al pueblo a verlo un poco. Aparcamos al lado de la oficina de turismo, y 15 minutos después ya habíamos terminado de verlo. No tiene nada, unos cuantos restaurantes,un par de cafeterías, un supermercado, un hotel y la oficina de turismo, donde llegan y salen las decenas de pasajeros que cogen los barcos turísticos que navegan por el fiordo.

Una de las ideas que teníamos era coger el barco que te lleva desde Geiranger hasta Hellesylt, y así atravesar el fiordo en barco, pero viendo los precios que se gastaban, una vez en el camping decidimos algo mucho más divertido y entretenido. Eran casi 170 €, por un paseo en barco y encima, nos desviaba de la ruta.

 

Cascada Storseter

Cogemos de nuevo el coche y nos dirigimos hacia la cascada Storseter. Hay que pasar el pueblo y empezar a subir dirección a Flydalsjuvet, el otro mirador del fiordo Geiranger. Un poco antes de la mitad del camino, hay una desviación a mano izquierda. Se puede aparcar ahí, o seguir unos cuantos metros más arriba. La pega es que el aparcamiento de arriba es pequeño y no entran más de 20 coches. Nosotros tiramos lo más que pudimos y tuvimos suerte de que no había casi coches, aunque por el camino nos cruzamos un montón de gente que lo hacía andando. La carretera es de tierra y piedras sueltas, por eso muchas gente se cree que no se puede seguir más adelante con el coche.

Con el coche lo más cerca posible del empiece del camino, ahora tocaba caminar. Son 2 kilómetros de subida continua, un poco cansada, pero fácil. Tardamos algo menos de una hora en llegar. Según se va subiendo, hay unas vistas fantásticas de los alrededores. Lo malo, es que el día estaba nublado con nubes muy bajas, por lo que cuanto más subíamos, menos veíamos. Llegó un momento en el que hasta nos empezamos a mojar, al estar en contacto con las nubes. Cuando ya estábamos cerca, se empezaba a oir un ruido enorme del agua al caer. Lo bonito que tiene esta cascada, a parte de su volumen de agua y el paraje en el que se encuentra, es, que bajando por un sendero con unas escaleras, se puede pasar por detrás de ella y quedarte maravillado durante muchos minutos, simplemente viendo el agua caer por el enorme barranco. Las demás personas con sus empujones, enseguida te hacen despertar de ese momento idílico. Aunque nosotros tuvimos suerte y al llegar sólo había una pareja, que además en ese instante se iba, pero 10 minutos más tarde, empezaron a llegar los rezagados que nosotros habíamos adelantado con el coche.

 

Tras otro millar de fotos ( menos mal que hemos traído 4 tarjetas de memoria….), empezamos el descenso. No nos lleva más de media hora. Por el camino nos encontramos con un grupo de cabras, que no  estaban por la labor de apartarse del camino, y como a Noa le dan un poco yuyu los animales grandes, tuvimos que estar un buen rato haciéndoles monerías para que se fuesen hacia un lado. Cuando llegamos al coche, el día parecía que empezaba a mejorar, así que nos decidimos por ir a los miradores para apreciar con buen tiempo el fiordo Geiranger, Patrimonio de la Humanidad.

El fiordo Geiranger desde los miradores de Flydalsjuvet y Ornesvingen

Para llegar al mirador de Flydalsjuvet, hay que volver a la carretera principal y seguir subiendo. Unos pocos metros más adelante hay un gran aparcamiento para dejar el coche. Desde este mirador, se aprecia el pueblo y justo la primera curva del fiordo. Al fondo a la derecha, también se puede ver la carretera y sus curvas de 180 grados que descienden hasta la base del mar. En el lado contrario, hay una cascada enorme, encajonada en un cañón estrecho, cuya agua llega a juntarse con la del mar.

 

Rehacemos el camino andado, atravesando todo el pueblo, pasando por el camping y subiendo la carretera que lleva a Eidsdal. Arriba del todo, paramos donde podemos. El día anterior, como habíamos llegado tarde, estaba prácticamente vacío, pero ahora estaba lleno de gente, autobuses, autocaravanas,….. Como el aparcamiento no da para más, el coche lo aparcamos en la carretera pegado a la pared donde está la cascada.

Viendo que eso iba a ser un infierno, y recordando cosas de hace 10 años. Con mucho sigilo y disimulo, para que nadie nos viese y nos siguiese, subimos por el monte que hay detrás, atravesamos una valla, que antes no existía, y poco a poco, el ruido del gentío se va difuminando. Miramos hacia atrás un par de veces y parece que no nos sigue nadie. En esta zona hay que tener mucho cuidado ya que no hay vallas de protección, pero con no acercarse mucho al acantilado es más que suficiente, ya que hay metros de sobra para ver todo de maravilla. Nos damos un paseo por esa zona y cuando la vegetación se estaba empezando a poner un poco más densa, decidimos volver a una explanada desde la que había unas vistas espectaculares. Sacamos como no, otra cantidad considerable de fotos, y nos sentamos un buen rato a disfrutar de las vistas. Al de un rato largo, aparece una pareja. Nos viene bien, ya que así podemos salir los 4. Pero el problema es que ellos no habían sido tan cuidadosos y vemos que empieza a llegar un montón de gente. Era el momento de largarse. En la bajada, nos cruzamos con muchos más.

 

Como era ya un poco tarde y teníamos bastante hambre después de tanto ejercicio, volvemos al camping a hacer la comida. Nos faltaba el tan necesario pan, que en Noruega y Suecia no habíamos conseguido encontrar. Eran más bien como bollos flácidos. No el pan pan de toda la vida. Pero en la recepción vimos un cartel en el que ponía que tenían, y además con muy buena pinta. Le pedimos uno, y vemos que apunta algo en una hoja. Nos quedamos esperando y el hombre mirándonos a ver si queríamos algo más, …. «pues hombre el pan por el que te hemos pagado no estaría mal», pero resulta, que el pan había que encargarlo para el día siguiente, no te lo daban en el momento. Por eso te apuntaban el nombre y por la mañana lo recogías. Solucionado el no entendimiento entre ambas partes, decidimos cogerlo para el día siguiente. Costaba 38 Nok. También cogemos un paquete de patatas para picar por 42 Nok (casi 5 €).

Cuando terminamos de comer, fuimos hasta el embarcadero y vimos que había una familia pescando. Pero pescando de verdad. Tenían el cubo lleno e iban a llenar otro. Era echar la caña y en menos de 2 minutos ya habían sacado un pez. Iker y Noa, como no, querían intentarlo. Por lo que fuimos a recepción a alquilar una caña. Costaba la nada despreciable cifra de 150 NOK, unos 16 €, pero encima no te la alquilaban a no ser que se cogiese un barco también. Así que, como al final no íbamos a hacer la ruta del ferry por el fiordo, decidimos que eso podía ser mucho más divertido y entretenido. Los precios eran, 1 hora por 360 NOK, 2 horas por 580 NOK y todo el día por 1.080 NOK. Le decimos al chico para cogerlo un par de horas. Pero había un problema, barcos había, pero no cañas. Había que esperar a que las devolviese alguien.

La siguiente hora fue un sin vivir para Iker y Noa. Pegados al muelle, cada vez que se acercaba alguna lancha, no le quitaban ojo de encima para ver si llevaban caña. Por fin, una familia llegó con la tan ansiada caña. Sólo había una, pero para hacer un poco el tonto, era más que suficiente. Tras una pequeña charla de como manejar la motora, que no nos acercásemos mucho a las laderas del fiordo, ya que estaban cayendo rocas continuamente y dejarnos un balde para meter todas nuestras capturas, nos embarcamos a descubrir el fiordo Geiranger hacia sus mismísimas entrañas.

 

Es indescriptible ver los acantilados desde el agua. Si desde arriba ya se veían enormes, desde abajo impresionan más todavía. Nos acercamos a las cascadas y el agua nos moja de refilón, es una pasada. Pero en cuanto Iker ve que nos acercamos en exceso, ya nos está echando la bronca. Es el niño más legal que conozco, madre mía. La primera hora, la dedicamos a ir hacia lo más lejos que podemos, deleitándonos con los paisajes. La segunda hora, la dedicamos a intentar pescar. Somos torpes hasta decir basta. No sabemos ni tirar la caña. Menos mal que Iker es un poco más hábil y nos enseña a todos como se hace. Casi terminándose las dos horas, y con la cesta del pescado limpia como una patena, cuando Noa está con la caña, nos chilla: «he pescado, aita he pescado», nosotros creíamos que nos estaba vacilando, pero al mirarle la cara, vemos que está completamente en serio, le agarro la caña y era cierto, el pez estaba tirando para intentar soltarse. Con mucho cuidado empiezo a recoger la pita y justo cuando aparece del agua y lo subo al barco, se suelta del anzuelo. Por suerte cae dentro de la lancha. Noa, más feliz que una perdiz, y el pobre Iker, que era el que más había dado la chapa para pescar, se quedó un poco embajonado.

Acabadas las dos horas, y 20 minutos de más, devolvimos el barco y la caña y nos reintegraron los 500 NOK que había que dejar de depósito. La experiencia había sido increíble. Sin duda algo que merece totalmente la pena hacer.

 

 

 

Ahora tocaba hacer la cena, y como habíamos dicho, el que pescara, tendría derecho a degustar su captura. Y así, mientras Iker, Usu y yo, nos cenábamos unos Yatekomo,uuuuummmmm 🙁 , Noa se metió un pescadito fresco entre pecho y espalda.

Después de un ajetreado día sin parar, para las 23:00 estábamos completamente dormidos.

B.F.F.F.

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