Goa y el final del viaje, India

Bombay, India
18 octubre, 2017
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Goa y el final del viaje, India

El viaje llegaba a su fin y nuestro último destino en la India iba a ser el estado más pequeño, Goa. Influenciado por más de 450 años de dominio portugués y cultura latina, Goa no tiene nada que ver con el resto del país. Con más de 120 kilómetros de costa y unas iglesias muy bien conservadas, declaradas Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, nos dedicamos a relajarnos y con una moto alquilada disfrutar de los paisajes y unos reconfortantes baños en sus preciosas playas.

A las 6:30 de la mañana, llegábamos a la estación de Thivim, una parada más al norte que la de Goa, porque nuestra intención era quedarnos en Anjuna. Esta vez pusimos el despertador ya que nuestra parada no era la última. La noche fue todo un show, unos discutiendo con otros por los asientos, hasta empujándose y gritándose de muy malas maneras. Había muchos jetas. Llegamos a tener serias dudas de si éramos los únicos de todo el tren que íbamos con billetes comprados.

A la salida de la estación estaba todo desierto, salvo por nuestros queridos y amados rickshaws. Nos pedían 220 R. por llevarnos hasta el pueblo, un precio alto, pero como allí no había nadie más y no teníamos ni idea de si había transporte público, intentamos negociar pero no nos quedó más remedio que aceptar lo que nos dijeron. Anjuna estaba a unos 24 Km de la estación. Pasamos por diferentes pueblos, todos ellos pequeñitos y con cierto encanto. Empezamos a ver un montón de iglesias. La razón era que Goa había sido colonia portuguesa, e incluso llego a rivalizar en importancia con Lisboa y allí la gente era católica en lugar de hinduista.

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Empezamos a buscar alojamiento y dimos con el “Sunset guesthouse”, sin duda un sitio perfecto, ya que estaba en la misma playa. Al entrar a preguntar, nos dijeron que teníamos que esperar a que llegara su madre que estaba en misa y era ella la que se encargaba de las reservas. Aprovechamos para ir al restaurante y desayunar. Estaba enfrente del mar y con unas vistas de toda la playa inigualables. Pedimos dos “spanish breakfast”, que consisitían en tortilla francesa con vegetales, tostadas con mantequilla y mermelada y un vaso de zumo de naranja recién exprimido, por tan sólo 90 Rupias. Mientras esperamos a que nos lo sirvieran, nos despojamos de la ropa, aprovechamos un rincón para ponernos los trajes de baño y raudos y veloces nos dirigimos al mar a pegarnos nuestro primer baño salado en casi 2 semanas. La playa no era de película, la arena era oscura y el agua estaba revuelta, pero las palmeras en la orilla y las vacas paseando le daban su toque. El mar que bañaba su costas era el Arábigo, con una temperatura de unos 26 grados. Estaba templada tirando a muy caliente para gente que veníamos del Cantábrico.

Al llegar la dueña nos da una mala noticia, estaba todo lleno, pero que si queríamos, podíamos dormir en una zona estilo establo en la que nos ponía un par de camas y utilizar los baños comunes. Le echamos una ojeada y aunque no era lo mejor que habíamos visto, por lo menos estaba bastante limpio. Así que lo aceptamos porque nos dijo que al día siguiente ya se quedaba libre una habitación normal. Y con la situación privilegiada que tenía no lo queríamos perder. Además el precio eran 300 R., otra buena razón para no irnos 😉

A las 10:00 el sol cascaba ya de lo lindo y no teníamos nada de crema para nuestros blanquecinos cuerpos que venían de un largo invierno sin tomar el sol (y casi sin verlo). Buscamos por todos lados y parecía imposible hasta que por fin dimos con un establecimiento en el que por un bote enano nos cobraron 320 R. Habíamos pagado más por no ponernos rojos que por dormir.

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El resto del día se podía resumir tirados en unas hamacas en: agua, sol, crema, beber agua, sol, agua, crema, comer unos plátanos, beber agua, …….y así hasta la puesta de sol. Que por cierto se veía preciosa desde donde estábamos, ya que el sol se ocultaba justo delante de nosotros en medio del mar. Merendamos-cenamos en el mismo alojamiento. Pedimos unas finger chips, 1 sea food salad, unos macarrones Edu, y yo ……. Shark, tiburón. No lo había probado nunca, y la verdad es que estaba bastante bueno, eso sí, tampoco se apreciaba mucho su sabor real, porque en este país todas las comidas están muy especiadas. Todo ello rociado con 2 Kingfisher bien frías, por 670 Rps. Dimos un paseo por el “pueblo”, por llamarle de alguna manera, nos sentamos a tomar unos sprites, y nos fuimos seguido a la cama, ya que estaba todo muerto. Se notaba que era temporada baja, aunque no por el tiempo.

A las 6:00 de la mañana ya estábamos de pie, lo cuál no era de extrañar, porque entre el calor que hacía en la habitación y la cantidad de ruidos de la fauna que nos rodeaba, parecía que estábamos en el Serengeti en vez de en una playa. Allí era imposible dormir más.

Salimos a la playa a darnos nuestro ritual baño mañanero y la disfrutamos para nosotros solos, bueno y para alguna que otra vaca. Nos metimos de nuevo entre pecho y espalda el desayuno estrella que nos acompañaría durante nuestros días de estancia y seguido nos fuimos a buscar unas motos para alquilar y poder ver los alrededores de Goa.

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Por 150 R. cada una, conseguimos unas pírricas scooters y nos pusimos dirección al sur, hacia la playa de Palolem, que aunque un poco turística nos habían dicho que debía ser muy bonita. Durante el trayecto como no, algo nos tendría que pasar. Íbamos conduciendo sin problemas, bueno lo de sin problemas es un decir, porque había que tener un cuidado de la leche, ya que allí no se respetaban las normas de tráfico, era la ley del mas grande y fuerte, y con una scooter…… Cuando de repente se puso un policía en medio de la carretera y nos hizo señas para que nos apartáramos al arcén. Nos pidió el carnet de conducir, pero como no teníamos pensado alquilar ningún medio de transporte no lo llevábamos, así que de nuevo el todopoderoso d.n.i. salió a escena. Le dió mil y una vueltas, lo examinó con minucioso detalle y cuando ya nos temíamos lo peor, nos dice que perfecto. Pero ahora que no nos podía sacar nada por ese lado, se le ocurrió decirnos que no llevábamos casco y que eso estaba prohibido, por lo que le teníamos que pagar una multa. Nos entró la risa literalmente, y le señalamos las 357.226 motos que estaban pasando a nuestro lado y en las que nadie llevaba casco. En ese momento nos dió por perdidos y echando una media sonrisilla de; “vaya, no se la he podido colar”, nos dijo que podíamos seguir.

2 horas y media después conseguíamos llegar a la playa de Palolem. La playa era preciosa, con sus palmeritas, metida en una bahía, el agua transparente, ……,  una maravilla. Eso sí la temperatura del agua debía ser de unos 30 grados, lo cuál no era muy refrescante e incluso daba un poco de grima. Nos imaginamos que sería porque al estar metida en una bahía, el agua estaría con menos movimiento de las olas y el sol le haría más efecto.

Disfrutamos en la preciosa playa de unas buenas hamacas con sombra y refrescando nuestro cuerpo por dentro y por fuera continuamente, con la compañía de una chica de Laredo que conocimos allí que era un tanto peculiar y nos estuvo contando sus andanzas viajeras. Sobre las 16:00 y teniendo en cuenta lo que se tardaba, decidimos empezar el camino de vuelta al alojamiento, ya que si por el día era un infierno conducir, no queríamos probar lo que habría sido de noche. Allí sobre las 19:00 ya era de noche cerrada.

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Ya en el guesthouse, nos pegamos una ducha y salimos a cenar a un bar-restaurante en el que esta vez parecía que había más movimiento. Comimos unos ricos pescados a la brasa por 500 R. la pieza y disfrutamos de un buen concierto de rock-blues, en el que el dueño del bar en determinadas ocasiones se venía arriba y hasta le quitaba el micrófono al cantante para dar él la nota. La noche la finalizamos dando un romántico paseo por la playa a luz de la luna 😉 para bajar las cervezas que nos habíamos tomado y refrescarnos un poco. Sobre la 1:00 nos íbamos a dormir completamente derrengados, después de casi 20 horas levantados sin parar.

Los siguientes días, los dedicamos a hacer un poco de turismo por el resto de playas y visitamos unas cuantas iglesias muy chulas. En Goa eran Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. La playa de Mandrem que era muy bonita pero tampoco para tirar cohetes, la de Calangute, un auténtico horror por su masificación de turistas, todo lleno de chiringuitos, motos de agua, lanchas, ….., todo lo imaginable que pueda haber orientado al turismo de masas. También visitamos el mercado semanal de Anjuna. Estuvo muy bien porque tenía gran variedad de cosas y así aprovechamos para comprar los últimos regalos que nos quedaban. Aunque lo que más nos sorprendió fue el txiringuito que vendía abrigos y gorros de pieles. No podíamos dar crédito que en un lugar en el que la temperatura media no bajaba de los 30 grados hubiera un incauto que creyera que eso podía ser un buen negocio. Así que para no quedarnos con la duda fuimos a hablar con él. Nos dijo que en la zona veraneaban muchos turistas rusos y de la parte del norte de Europa, por lo que para ellos era una suerte poder encontrar ese tipo de pieles a esos precios para luego poder llevárselos a sus países de origen. Sin duda nos dejó mucho más tranquilos.

Con mucha pena llegaba el momento de decir adiós a Goa y casi a todo el país. Tocaba comenzar el camino de regreso a casa. Para no faltar a las buenas costumbres, nada más levantarnos nos pegamos nuestro maravilloso último baño en la India. Lo disfrutamos sobre manera, intentando dejar fijado en nuestras mentes los momentos vividos y el paisaje maravilloso del que habíamos disfrutado esos días. Interiormente y en silencio, hice un lento repaso de unas vacaciones distintas a las que generalmente hace la gente y que a mí me llenaban sobremanera. Era mi forma de poder escapar de una vida rutinaria, totalmente apreciada y con una gente maravillosa que me rodeaba, pero que sin esos momentos tal vez me sería más difícil de sobrellevar.

También el último “spanish breakfast”, desde la terraza, en la que veíamos el Mar Arábigo con sus barcos de pescadores en la lejanía. Hicimos las mochilas, y nos fuimos hacia la otra parte del pueblo, donde habíamos quedado con un taxi el día anterior para que nos llevara al aeropuerto por 600 Rps. En teoría el precio pactado entre ellos eran 800 R. , pero como era temporada baja y no había nadie conseguimos un pequeño descuento.

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A las 14:35 cogimos nuestro primer avión con destino a Delhi. Allí tuvimos que cambiar de terminal de la internacional a la nacional con un bus gratuito, pero antes había que pasar por un mostrador donde te ponían en el billete la hora a la que se podía coger el autobús, y te tomaban nota de los datos del vuelo. Eso se le enseñaba al policía de turno, y te dejaba pasar. El autobús iba por dentro del aeropuerto, y en unos 20 minutos ya estábamos en la otra terminal. Ahora sólo nos quedaban 8 horas de espera, para no variar, pero que entre picar algo, pasear, ver a la gente y tumbarnos un poco, se nos pasó más o menos rápido.

A las 2:00 de la mañana salía puntual nuestro siguiente vuelo dirección Bilbao haciendo una pequeña escala en Bruselas, con el que poníamos punto y final a un viaje que nos había dejado un gran sabor de boca. Sin lugar a dudas volveremos y a poder ser con los enanos. (….y volvimos….jejejejeje…..)

B.F.F.F

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