La Isla de Havelock, India

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La Isla de Havelock, India

Elefante en la isla de Havelock en las Islas Andamán, India.

La isla de Havelock es uno de los paraísos situados en la tierra y más concretamente en las Islas Andamán. Con su tranquilidad y las preciosas playas de arena blanca y azul turquesa que rodean la isla, es un sitio perfecto para desconectar de la estresante vida diaria que se respira en la India continental.

Isla de Havelock

1 hora y 20 minutos después de haber cogido el ferry en la capital de las Islas Andamán, Port Blair, llegábamos al muelle de la isla de Havelock. Nada más bajarnos, en una cabañita de madera abierta por los lados estaba una pareja de funcionarios del Gobierno de la India a los que había que presentar el permiso que nos habían dado al aterrizar en Port Blair. Sólo es necesario para los extranjeros y como sólo estábamos una pareja y nosotros fue bastante rápido. Apuntan los nombres y el día de llegada en un libro de visitas enorme, te devuelven los papeles y ya se puede entrar en la isla sin ningún problema.

Cogimos un tuk-tuk por 50 R. hasta la zona sureste de la isla en donde se encuentran la mayoría de los alojamientos. El primero que vimos, Pellicon Resort, estaba bastante bien, así que como seguíamos un poco bajos anímicamente decidimos no seguir buscando. Eran unas cabañas al lado del mar con baño dentro y una cama grande con mosquitera. Además tenía una terraza con mesa y sillas perfectas para degustar alguna cervecita a la luz de las estrellas mientras los enanos se iban a la cama. Nos salió 1.500 R. por noche rebajado desde 2.000.

La playa que está enfrente de los bungalows es muy chula, pero cuando coincide la marea baja, está llena de rocas y cubre muy poco, por lo que bañarse es un tanto complicado. Aunque lo idílico del paisaje hace que eso nos resulte secundario, ya que a menos de 10 minutos tenemos la playa número 7 o playa de Radhanagar, designada como una de las más bonitas de todo Asia.

 

Todavía muy cansados y ya haciéndose de noche, vamos a merienda-cenar algo por allí cerca. En las islas el sol sale sobre las 5:15 y más o menos sobre la misma hora por la tarde, es la puesta del sol. Estaba todo muy vacío y parecía estar todo cerrado. Preguntamos en un restaurante en el que estaba un chico sentado y nos dijo que sí que nos atendían. Cuando pedimos, el 90 % de las cosas de la carta no las tenían. Al final les dijimos que nos sirvieran lo que tendrían y nos clavaron 600 R. por una comida que dejaba bastante que desear.

Muy cansados y todavía con el cuerpo reventado de los días anteriores, decidimos que lo mejor que podíamos hacer era irnos al bungalow a descansar e intentar dormir. Nos quedaban muchos días por delante en estas maravillosas islas y lo mejor era estar descansados y en plenas facultades.

Aunque la noche había sido un auténtico horror, ya que Noa seguía muy mal de las tripas y tuvo que ir al baño unas 152.367 veces. Parece que al levantarnos, al menos nuestras cabezas estaban más animadas y los cuerpos no tan hechos polvo. Había que recuperar la energía y disfrutar del maravilloso sitio de privilegio que teníamos delante de nuestras narices. Así que sin pensármelo 2 veces me fuí a buscar una moto para alquilar. Nunca lo habíamos hecho en ninguno de nuestros viajes, pero después de estar tantas veces en Asia y ver que iban familias enteras montadas en ellas, creímos que una isla tranquila sería un buen sitio para experimentar esa sensación.

Por 300 R. después de bajárselo desde 500 R. alquilé una scooter para los días que nos quedaban. Conseguí bajarle con facilidad el precio, porque era más de un día y además no es que se vieran muchos turistas.

Mientras yo gestionaba la moto, Usua se había ido hasta un restaurante que estaba a 50 metros del hotel, al lado de la carretera, a coger unos vasos de leche para desayunar. El cola-cao lo traíamos en sobres pequeños desde casa por si acaso, jejejeje, y las galletas me encargué de cogerlas en una tiendita al lado del puerto. Un desayuno más o menos elaborado, ya que desayunar noodles o arroz se hacía muy pesado para los críos, bueno y para los no tan críos.

Con el buche lleno y casi al momento vaciado, ya que las tripas todavía no se habían asentado, nos montamos en la moto. ESPECTACULAR. No hay otra palabra para definirlo. Los 4 montados en una scooter, Noa delante, Iker detrás de mi y Usu la última. Aunque parezca un poco incongruente, yo tenía que llevar casco obligatoriamente ya que si me paraban me podían poner una multa. Eso sí, que los demás no llevaran y el ir 4 encima de un moto era una tontería sin importancia.

 

Pusimos dirección hacia la playa de Radhanagar o playa número 7 como la conocen los locales. Para llegar hay que atravesar la isla, por unos parajes de un verde intenso, con decenas de palmeras y una vegetación desbordante. La llegada nos sorprende con unas pocas gotas de lluvia, pero en 5 minutos el cielo se vuelve completamente azul. La playa es preciosa. Y el título de una de la más bonitas de Asia le hace justicia. Agua turquesa, arena blanca fina, vegetación hasta la misma arena y al fondo del todo una forma como de media luna perfecta. Y lo mejor de todo prácticamente vacía. Unos pocos turistas indios al inicio del acceso a la playa, pero con irse unos metros para la derecha ya se estaba completamente sólo.

Disfrutamos de un día fantástico de playa, aunque debido a una leyenda o realidad, no nos aventuramos en exceso a explorar la zona este de la playa. Conocida como Blue Lagoon, es la zona de la playa de Radhanagar más bonita, pero se dice que en el año 2010 una pareja de turistas estadounidenses estaban tranquilamente bañándose en esas aguas cuando un cocodrilo se llevó por delante a la chica. Como han pasado unos años queda como anécdota, pero los dueños del resort nos lo contaron como real. Así que fuera cierto o una mera leyenda, decidimos dar un paseo para ver la zona y disfrutar de su belleza, pero los baños nos los pegamos en el medio de la playa.

Con las tripas rugiendo de hambre, nos acercamos hasta el centro del pueblo a comer. Encontramos un sitio que externamente no tenía muy buena pinta, pero como había mucha gente local decidimos entrar a ver que tal. Dimos de lleno en el clavo. Todo lo que pedimos estuvo de chuparse los dedos y no llegó a las 500 R.

Volvimos al bungalow a tumbarnos un poco y descansar, pero como la marea estaba alta y se podía bañar en la playa que estaba enfrente, los enanos nos sacaron un dedo a lo de descansar y al agua directos que se fueron. Usu y yo aprovechamos la sombra de las palmeras a tumbarnos un poco y dejar caer alguna que otra babilla por la comisura de los labios.

 

Cuando ya estaba anocheciendo, nos acercamos de nuevo hasta la playa de Radhanagar y pudimos ver una preciosa puesta de sol mientras disfrutábamos de un fantástico baño en sus aguas templadas. Antes de que se hiciera completamente de noche, volvimos al hotel y cenamos en el restaurante de al lado. Y cansados del largo día nos acostamos nada más llegar a la habitación.

Amanecía claro y soleado nuestro último día completo en la isla de Havelock. Al día siguiente nos íbamos a explorar la isla de Neil situada unos kilómetros al sur. Así que después de desayunar lo que se había convertido en «tradición» estos días, leche con galletas y cola-cao, cogimos la moto para ir hasta el ferry a por los billetes del barco. Había mucha gente esperando, pero todos eran lugareños salvo una pareja y nosotros. Había dos colas como es costumbre en la India, la de los hombres y la de las mujeres. Y como también es costumbre, la de las mujeres estaba prácticamente vacía comparada con la de los hombres. Así que allí que se puso Usu a esperar mientras nosotros nos fuimos a dar un paseo por el pueblillo donde está el embarcadero. No hay nada que ver salvo algunas pocas tiendas y algún que otro restaurante. Una hora después salía Usua con los billetes en la mano y cara de no muchos amigos. Se había tenido que poner un poco firme, porque los indios intentaban colarse cada dos por tres, aparte de que al ser una mujer no la tenían mucho respeto. El precio de los billetes 1.200 R. por los 4.

Otra vez en la moto, nos encaminamos hacia la playa del elefante. Situada al noroeste de la isla, para acceder a ella, hay que atravesar un sendero por el medio de la selva precioso. Se tarda una media hora en llegar. La zona de la derecha de la playa está llena de árboles caídos y un montón de raíces que salen del suelo y que hacen muy difícil andar y bañarse, pero según se va llenado hacia el centro el panorama cambia y se convierte en una playa preciosa. En el medio, donde hay unos cuantos puestitos de comida y souvenirs, es donde están todos los indios. No habría más de 20, pero moviéndonos un poco hacia la izquierda, estuvimos en una calita separada por un árbol caído en la orilla que fue para nosotros solos.

 

Mientras Noa y Usu iban por la orilla paseando, Iker y yo nos metimos por el agua haciendo snorkel a ver si se veía algo. La verdad es que el fondo estaba bastante fastidiado y los corales estaban prácticamente todos muertos. Se veían algunos peces, como los nemos pero en oscuro y alguno que otro con colores bonitos, pero tampoco era nada espectacular.

Situados en nuestra calita particular volvimos a disfrutar de una tarde fantástica de playa. Además de vez en cuando me acercaba hasta los puestitos para coger cosas para picar y beber, con lo que lo teníamos todo perfecto. Comida, bebida, una playa perfecta y soledad.

 

Como la vuelta era por el medio de la selva, no la queríamos hacer de noche, así que en cuanto el sol estaba empezando a bajar, decidimos poner punto y final a nuestra estancia en la playa del elefante. Por cierto, llamada así porque suele haber elefantes paseando y es posible montarse y bañarse con ellos. Pero cuando estuvimos nosotros no había ninguno 🙁

Hicimos nuestra última cena en Havelock al lado del hotel por unas 500 R. Cogimos unas cervezas para nosotros y unos vasos de leche para los críos, y fuimos a la terraza del bungalow, en la que disfrutamos de un cielo estrellado que a Iker y Noa les dejó alucinados.

Nuestro último día en esa maravillosa isla, lo utilizamos en despedirnos de una de las playas más bonitas de Asia, la de Radhanagar. Esta vez al llegar, había un elefante en la orilla de la playa, pero ya se estaba yendo y vimos como el dueño lo encadenaba a un árbol en la parte de los arbustos. Así que no tuvimos la posibilidad de verle como se bañaba, una pena. Lo cuál compensamos con tener la playa para nosotros solos. Esta vez no había nadie, éramos los únicos que disfrutábamos de esa maravilla de la naturaleza.

 

Tras unos cuantos chapuzones y con poco tiempo para que saliera el barco, decidimos volver al bungalow a preparar las mochilas y comer algo en nuestro restaurante predilecto de la isla. Nos pusimos ciegos de noodles, naam, patatas y unos pescados muy ricos, por 550 R.

Fui a devolver la moto, pero como no teníamos ningún transporte cogido hasta el ferry, le llevé primero a Usu con las mochilas, mientras Iker y Noa terminaban de comer. Volví a toda leche a por ellos, que estaban tan tranquilos de la vida jugando con el dueño del restaurante, y los llevé al embarcadero con su madre. Y por último, volví de nuevo a por el dueño de la moto al que también llevé hasta el barco, pero este se quedaba, no venía con nosotros.

Sentados a la «sombra del olivo» esperamos a que llegara el ferry que nos llevara a nuestro nuevo destino, la isla de Neil.

 

B.F.F.F.

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