Luang Prabang, Laos

Transportando a los monjes de una orilla a otra del río Sangker en Camboya.
Siem Reap Parte 2, Camboya
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Vang Vieng, Laos
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Luang Prabang, Laos

Las cuevas de Pak Ou en Luang Prabang, Laos.

Dejamos Camboya, pero no para siempre, ya que unas semanas más tarde volveremos para disfrutar de sus playas. Mientras tanto, nos internaremos en otro de los países más desconocidos del sudeste asiático, Laos, en el que viviremos un montón de experiencias y disfrutaremos de sus increíbles paisajes y maravillosas gentes.

Por fin teníamos un día en el que podíamos dormir tranquilos. Como el avión no salía hasta las 14:00, nos tomamos la mañana con mucha calma. Desayunamos tranquilamente y nos bajamos a disfrutar un poco la piscina del hotel. Para las 11:00 estábamos haciendo el check-out, ya que habíamos quedado con el chico del tuk-tuk que nos llevó a recorrer los templos de Angkor. Esperamos un poco y no aparecía, así que no nos quedó más remedio que coger a otro. Aunque Edu el día anterior se había dejado dentro del tuk-tuk unas camisetas que había comprado, queremos pensar que esa no fue la razón por la que no apareció.

Por 3$ nos llevan hasta el aeropuerto de Siem Reap. Es pequeñito, pero muy chulo. Miramos las pantallas para ver a donde teníamos que ir a coger las tarjetas de embarque y sólo vemos color rojo. Estaban casi todos los vuelos cancelados. De 7 que salían en unas horas, sólo 2 seguían activos. Menos mal que uno de esos era el nuestro. Para salir del país tuvimos que pagar una tasa de 25$, que es posible hacerlo mediante tarjeta de crédito (hoy en día ya está incluido en el precio del billete).

 

1 hora antes de la salida, empezamos a embarcar, y cuando estaba el avión completo despegó, faltando todavía 20 minutos para la hora de salida. La compañía era Vietnam Airlines. El vuelo normal y con muy pocos pasajeros, aunque por el precio que costaba no me extraña, casi 200$. Nos dieron unos cacahuetes y un refresco.

Luang Prabang

Media hora antes del supuesto horario oficial aterrizamos en Luang Prabang. Para entrar en Laos, hay que pagar un visado que cuesta 35$. Teníamos un problema y era que nos habíamos quedado sin dinero y no nos habíamos dado cuenta. Así que con cara de circunstancias, me acerqué hasta un policía y le expliqué la situación. Me dijo que sin problema, que entrara a la terminal, que allí había unos cajeros y que cuando tuviera el dinero que volviera para pagar. La verdad es que nos sorprendió un poco que me dejara entrar en el país con tanta facilidad, sin mirarme el pasaporte, ni quedárselo por si acaso quería entrar de forma ilegal.

Una vez regularizada nuestra estancia en el país, nos dirigimos a coger un transporte hasta el centro. Vemos que se nos acerca una chica y nos dice que nos había oído hablar en castellano y que como ella estaba sola a ver si no nos importaba compartir el taxi hasta el centro. Sin ningún problema nos fuimos los tres juntos en una especie de tuk-tuk con bancos corridos detrás por 6$. En la ciudad estuvimos mirando alojamiento y era todos bastante caros. Le preguntamos a ella a ver si quería compartir la habitación también y no le importó, así que al final cogimos una triple en un hotel muy chulo, el Ancient Luang Prabang, por 60$ la noche. Lo mejor fue al subir a dejar todo y ver que la ducha estaba en medio de la habitación. No había ni una simple mampara. A la pobre se le quedó una cara que parecía un poema. Le dijimos que no se preocupara que mientras ella se duchaba, nosotros nos íbamos a tomar algo. Bajamos a tomar una cerveza reconstituyente y al de media hora subimos. Beatriz, que era como se llamaba, ya estaba preparada. Así que entonces tocó a la inversa, fue ella la que se ausentó mientras nosotros nos pegamos una rica ducha.

Solucionado el mal trago, nos fuimos a dar un paseo por la ciudad. Es una ciudad preciosa, probablemente en una de las más bonitas en las que haya estado nunca. Se respira mucha tranquilidad. Las casas están todas muy bien ornamentadas. Hay bastantes wats y desde la colina de Phu Si hay unas vistas excepcionales de la ciudad. Suele ser un sitio bastante frecuentado durante la puesta de sol. No hay lugar a dudas de porqué esta ciudad ha sido declarada Patrimonio de la Humanidad por la Unesco.

 

Como ya era de noche y estábamos hambrientos, nos fuimos a la calle principal, en la que hay un montón de restaurantes y además hay un mercado nocturno muy chulo. Nos pasamos toda la cena hablando de nuestras experiencias viajeras. Beatriz, que era de Barcelona, estaba viajando sola por Laos y Camboya como nosotros. Había aprovechado unos días que tenía de vacaciones y se había escapado desde Singapur que era donde estaba trabajando. Según nos contó, se había recorrido medio mundo. Estuvo un año de erasmus en Finlandia, otro en Alemania y otra en Japón trabajando. Ese último año decía que fue el que más le impresionó y también a nosotros por la cantidad de anécdotas que nos contó del país. Además había estado 4 meses dando la vuelta al mundo en un barco, mientras enseñaba castellano a los pasajeros.

Se nos pasó la cena volando y muy agradable. Mientras Beatriz decidió irse al hotel ya que al día siguiente salía hacia el norte, nosotros nos fuimos a dar otra vuelta y buscar un alojamiento un poco más económico para el día siguiente. La sensación de relajo y tranquilidad era increíble. Es un sitio en el que de noche hay poco que hacer, ya que a las 23:30 cierran todo por ley, pero merece mucho la pena pasar un par de días por lo menos de relax en esta ciudad.

Nos sentamos a tomar una cerveza en el único lugar que vimos abierto y casi sin terminarla ya nos estaban echando porque tenían que cerrar. Así que nos fuimos al hotel a dormir, ya que era imposible hacer nada más.

A la mañana siguiente bajamos pronto a desayunar, ya que a Beatriz le venían a buscar a las 7:00 de la mañana. Un par de huevos cocidos pero sin cocer, un cutre cacho de bacon y unos trozos de piña. De lo peorcito que habíamos tomado desde que habíamos llegado. Como hotel está muy bien y las habitaciones son preciosas, pero como restaurante dejaba bastante que desear.

Tras despedirnos de Bea, nos fuimos a intentar alquilar una moto para ver los alrededores de la ciudad, pero nos dijeron que desde hacía un par de meses habían prohibido alquilar motos a los extranjeros, porque estaba habiendo un montón de accidentes (ahora ya no hay problema). Así que con nuestro plan inicial abortado, decidimos contratar una excursión hasta las cuevas de Pak Ou. Situadas a unos 25 kilómetros de Luang Prabang a lo largo del río Mekong.

Dejamos las mochilas en una habitación del hotel en las que nos las guardaban hasta que regresáramos y esperamos a que llegara el jumbo (furgoneta abierta por detrás en la que hay dos bancos corridos para sentarse), para llevarnos hacia el punto del río desde donde salía nuestro barco. La excursión nos salió por 60.000 Kips y tardamos unas 2 horas en llegar, atravesando unos paisajes espectaculares. A mitad de camino paramos en un pueblo llamado Ban Xang Hai, por si se querían hacer algunas compras locales y estirar un poco las piernas. Había un montón de telas, licores y recuerdos muy bonitos para llevar a precios muy económicos, pero el problema era el de siempre, que hacíamos con eso y con tantos días de viaje por delante.

 

La entrada a las cuevas son 20.000 kips por persona. Hay un par de cuevas y para acceder a ellas hay que subir unas cuantas escaleras. La más grande llamada Tham Ting, es la que se encuentra más abajo y está llena de imágenes de Buda. Y un poco más arriba subiendo unas cuantas escaleras más a mano izquierda, se encuentra la cueva Tham Phum. Está completamente a oscuras, es necesaria una linterna para poder ver algo. Allí mismo hay unos amables lugareños, que por 5.000 kips te la prestan para que se pueda ver su interior. Por todas las cuevas hay un montón de niños que venden jaulas con pájaros en su interior. Se supone que hay que liberarlos y entonces la suerte estará de tu lado.

 

La vuelta es más rápida, ya que se hace a favor de la corriente y en poco más de una hora estábamos de nuevo en el pueblo de Luang Prabang. Fuimos hasta el hotel para recoger las mochilas y nos acercamos hasta la Sackarinh Guest House, que habíamos visto el día anterior y estaba limpia y con baño en la habitación. La noche salía por 100.000 Kips, 50$ más barato que el hotel en el que nos habíamos alojado. Aquí el cambio se hace como si 1$ fueran 10.000 Kips.

Con las mochilas en nuestro nuevo alojamiento fuimos a coger los billetes de bus para ir el día siguiente hasta Van Vieng, hacia el sur de Laos. Como era pronto y en las agencias cobran comisión, nos hicimos casi 3 kilómetros andando hasta la estación. Un poco antes de llegar había unos autobuses y le preguntamos a un chico a ver si era allí donde vendían los billetes. Nos dijo que sí y nos ofreció unos horarios y unos precios que no concordaban con lo que nos habían dicho en el Guest House, así que pensamos que igual nos estaba intentando engañar y decidimos continuar sin cogerle nada. Unos cuantos metros más abajo estaba la verdadera estación de autobuses y ya cogimos los dos billetes por 105.000 Kips cada uno. Para volver al centro cogimos un tuk-tuk por 10.000 Kips, ya que los 30 grados que había y el 80% de humedad, nos había dejado baldados.

 

Fuimos a cenar a un puesto callejero que había en la calle principal y que por 5.000 kips, cogías un plato hondo y lo podías llenar todo lo que pudieras con distinta comida y toda con muy buena pinta. Vamos, que sin ser ingenieros ni arquitectos, diseñamos una torre de considerables dimensiones. Para despedir la ciudad, dimos un último paseo y en un bar de vinos muy chulo, nos sentamos a tomar una rica y fresca cerveza (ya sé que resulta un tanto incongruente). Allí nos pusimos a charlar con un chico de Donosti que habíamos conocido el día anterior. Estuvimos hasta las 23:00 de la noche muy a gusto, pero ene se momento el camarero nos invitó a marcharnos ya que iban a cerrar. Nos despedimos de nuestro compañero de charla y a dormir otra vez como niños buenos sin trasnochar.

 

B.F.F.F.

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