Luoyang, China

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Luoyang, China

Con la esperanza de que nuestros pasaportes nos estuvieran esperando en nuestro siguiente destino, llegamos a Luoyang. Antiguamente fue la capital de 13 dinastías, pero hoy en día era una ciudad moderna más de las tantas que había en China. Lo más sobresaliente eran las Grutas de Longmen situadas a 16 kilómetros al sur de Luoyang.

Nuestro tren salía a las 8:45, por lo que nos levantamos temprano. Desayunamos en la habitación unos zumos  y unos bollos que habíamos comprado en el supermercado el día anterior y nos fuimos hacia la estación. Llegó con 20 minutos de retraso. Al ir hacia nuestros asientos vimos que estaban ocupados por dos chicos, así que le preguntamos a la revisora, que al verles, de una manera un tanto brusca, les mandó levantarse y los tipos abandonaron hasta el vagón sin rechistar. La chica nos comentó que la gente solía coger billetes de asiento y luego se cambiaban a la zona de literas.

A las 14:30 llegábamos a Luoyang y fuimos directos a coger los billetes para Zengzhou. Había una cola tan larga como la muralla china y mientras nos tocaba nuestro turno, intuimos en las pantallas, ya que estaban en chino, que esta vez no íbamos a tener suerte. Media hora más tarde confirmábamos lo casi esperado, aunque esta vez también teníamos la opción del autobús, ya que sólo había 130 kilómetros entre ambas ciudades. Sacamos 2 billetes sin problemas por 40 Y cada uno para un para de días después a las 8:00 de la mañana. Desde Zengzhou debíamos coger un vuelo que nos llevaría a Nanjing, algo que lógicamente se torcería.

Cogimos un taxi hasta el alojamiento que nos salió por 11 Y. El hotel era el Jingang Peony Plaza, 260 Y la noche. Habitaciones amplias y limpias pero muy básicas. Ahora llegaba el gran momento que estábamos esperando, ver si nuestros pasaportes estaban esperándonos. Entramos a hacer el check-in, les contamos toda la odisea que habíamos pasado, pero nos miraron casi como las vacas al tren y nos dijeron que ellos allí no habían recibido nada. Y lo peor de todo era que sin ellos no nos dejaban quedarnos en el hotel y nos teníamos que ir, ya que si había una inspección, la policía les podría multar por alojar a alguien sin documentación. Después de muchas conversaciones, llamadas telefónicas y algún que otro disgustillo, conseguimos que desde el hotel de Pingyao les mandaran una fotocopia y así por lo menos solucionábamos el alojamiento. También les dijeron que los habían mandado el mismo día que nos lo habían dicho, pero que esas fechas eran muy malas.

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Estación de tren de Xi´an
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Jugando con unas niñas
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Descansando en el tren
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La ciudad de Luoyang

Un tanto deseperanzados nos fuimos a tumbar un poco antes de salir a cenar y recorrer un poco la ciudad, la cuál no tenía nada relevante. Cenamos en un restaurante estilo occidental que estaba todo lleno de chinos. Lo más sorprendente fue que no había palillos solo cubiertos, lo cuál a nosotros nos supuso un poco de alivio, aunque ya estábamos cerca del “first” en su manejo. Aunque sin duda lo mejor fue lo que nos pudimos reir viéndoles como los intentaban utilizar, eran bastante peores que nosotros con los palillos. Bajamos la cena con un paseíto y volvimos al hotel a dormir.

El día amanecía de un sol radiante y una temperatura un tanto alta para las horas que eran. Tocaba ir a visitar las Grutas de Longmen. Eran unas cuevas talladas en la roca, con enormes figuras de Buda que eran Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Para llegar cogimos el autobús número 81 que salía al lado de la estación de trenes. El trayecto era casi 1 hora y el precio 1 Y por persona. Durante el trayecto, Usua se fijó en una bolsa de plástico que llevaba un pasajero y la cuál no paraba de moverse. Al mirarla con más detenimiento, conseguimos ver que eran decenas de pequeños escorpiones. Probablemente el delicioso manjar de una familia China, ya que cuando estuvimos en Camboya, vimos que era un plato de lo más normalito y bastante sabroso.

La entrada quedaba a unos 15 minutos andando desde donde nos dejó el autobús. Se atravesaban un montón de tiendas de recuerdos y restaurantes. Había un puente que cruzaba el río desde el que había unas vistas preciosas de la montaña con sus grutas excavadas, aunque la entrada estaba siguiendo la ribera del río. Los tickets eran bastante caros, 120 Y. por persona, casi 30 € los dos, pero sin duda merecieron la pena. Con casi 1.500 años de antigüedad, la paredes de piedra caliza que rodeaban el río Li, estaban completamente agujereadas como si fuesen un queso gruyere y en su interior miles de imágenes y estatuas de Buda. Además el entorno en el que estaban situadas le daban un aire místico y de absoluta paz, algo difícil de decir en un sitio turístico chino 😉

 

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Las Grutas de Longmen
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Con una temperatura cercana a los 40 grados y una humedad enorme, hizo que nuestras camisetas se convirtieran a un color uniforme. Todo ello ayudado de subir y bajar cientos de escaleras con Iker en un brazo y la silla en el otro. Terminamos el recorrido completamente exhaustos y tras descansar picando algo delante de las vistas preciosas que teníamos, cogimos el autobús de vuelta a la ciudad. Paramos a comer en un McDonalds cerca del hotel, ya que en todos los viajes caía un día por lo menos de comida rápida. Fueron 120 Y por los típicos big mac con unos nuggets.

Mientras comíamos el tiempo cambió radicalmente y empezó a oscurecerse el día. Intentamos llegar al hotel pero se puso a diluviar y tuvimos que resguardarnos en una tejavana en medio de la calle. Durante la hora siguiente parecía como si hubieran abierto un grifo y las calles se anegaron por completo creando unas balsas de agua enormes. Aprovechando que había bajado la intensidad de la lluvia corrimos hasta el hotel para ver si por fin tendríamos nuestros ansiados pasaportes, pero al llegar y ver la cara del recepcionista se nos cayó el alma a los pies. Empapados y sin pasaportes 🙁

Ahora tocaba replantear el viaje, pero decidimos que lo mejor era acostarnos para ver las cosas de otra manera al día siguiente, ya que llevábamos una paliza considerable y las cosas las estábamos viendo demasiado negras.

Estábamos empezando a cansarnos de que los pasaportes nos estuvieran agobiando una parte del viaje, así que decidimos darlos por perdidos y cuando llegásemos a Shangai ir a la embajada y allí contar lo sucedido y ver que podíamos hacer. Nos acercamos hasta la estación de buses a cambiar los billetes que habíamos cogido y cuyo autobús había salido hacía 4 horas, ya que nos habíamos quedado dormidos después del ajetreo del día anterior. Con ello también habíamos perdido el vuelo que teníamos a Nanjing, pero ahí sí que sí, sin los pasaportes no teníamos nada que hacer.

La chica no estaba por la labor de cambiarnos los billetes, pero cuando entró Usua y le explicamos un poco lo que nos pasaba, cambió de opinión y nos hizo otros para el día siguiente a las 12:15. Comimos algo de camino al hotel y cuando llegamos se nos acercó rápidamente el conserje del hotel con un sobre en la mano y una sonrisa de oreja a oreja. Lo abrimos rápidamente y SIIIIIIII!!!!!, POR FIN!!!!!! Volvían a estar en nuestra posesión. Tal y como los habíamos dejado la última vez que los vimos. Pobrecitos…. cuanto los habíamos echado de menos….

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Esto hacía que de nuevo tuviésemos que cambiar los planes y probar suerte a ver si el vuelo que lo teníamos ese mismo día a las 14:15 nos lo podrían cambiar. Lo que también conllevaba volver a cambiar los billetes de autobús a una hora más temprana. Así que volvimos a la estación y al vernos aparecer a la chica se le cambió la cara. Pensaría… “ya están estos pesados de occidentales a tocarme las narices de nuevo…” Y la verdad es que razón no la faltaba. Pero como tenía un buen corazón, jiijiiji, nos los cambió de nuevo y riéndose nos dijo que no quería volver a vernos más por allí.

Nos echamos una siesta de lujo, ya con la tranquilidad en nuestros cuerpos y al atardecer salimos a dar una vuelta y a cenar. Al pasar por un parque vimos que había un montón de personas. Nos acercamos y vimos que era gente mayor haciendo gimnasia alrededor de un hombre que les iba indicando los movimientos a realizar. Aprovechaban que el sol se había escondido y sólo hacía “30º” para hacer sus ejercicios diarios.

Cenamos en el mismo sitio occidental de los cubiertos. Nos reímos otro poco. Y al irnos nos dieron un vale de descuento para la próxima vez. Nos habían visto buenos clientes 😉

Vuelta al hotel a dormir y pensando que por fin al día siguiente dejaríamos Luoyang con nuestros pasaportes en la mano.

B.F.F.F.

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