Mirleft, el Atlántico sur de Marruecos

M´Hamid y Ait Ben Haddou, Marruecos
9 diciembre, 2019
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Mirleft, el Atlántico sur de Marruecos

Tras la ruta sin descanso que llevábamos atravesando Marruecos de norte a sur, ahora nos esperaba una semanita de relax en la playa. El destino elegido fue Mirleft, un tranquilo y apacible pueblo costero en el suroeste del país, alejado de las zonas más turísticas.

Por delante teníamos otra larga jornada de viaje, 450 kilómetros y casi 7 horas de viaje, que debido a qué ese día se celebraba la fiesta del cordero, se nos alargó ligeramente. A las 8:45 nos poníamos en marcha después de un rico y variado desayuno al lado de la piscina.

Atravesamos un montón de pueblos grandes que parecían fantasmas. Era como si hubiera habido una guerra nuclear y la gente se había volatilizado. Sólo se veían hojas de periódicos arrastradas por el viento y restos de comida, frutas y verduras de los mercadillos. Y aquí llegó un gran problema para nosotros, el tanque de gasolina estaba más sediento que Lawrence de Arabia un mes sólo en el desierto del Sahara. En cada gasolinera que veíamos hacíamos el intento de llenar el depósito, pero los surtidores estaban bloqueados y por más que pitábamos y gritábamos, allí no aparecía nadie. Así que con las ventanas cerradas, aire acondicionado quitado, la temperatura ya rondaba los 36º, y a una velocidad de crucero de 90 km/h, empezamos a rezar todo lo que sabíamos para que ocurriera un milagro. En un control de policía, preguntamos por la posibilidad de encontrar algo abierto y su cara fue todo un poema, lo que nos hizo empezar a temer lo peor. Pero como se suele decir, Dios ahoga pero no aprieta (que religiosa me está saliendo esta entrada) y en una gasolinera en medio de la nada y por la que no dábamos dos duros, nos encontramos con un tipo solitario, un tanto huraño y poco hablador, pero que nos hizo saltar de alegría al verle. 430 Dh gasolina.

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Con tres kilos menos por la sauna improvisada y una taquicardia, empezamos a disfrutar de los paisajes y del viaje. Ya en la costa, nos acercamos hasta Agadir para ver si estaba abierto un Carrefour y aprovisionarnos para la semana en la casa, pero estaba cerrado. Seguimos hacia Mirleft y como era lógico con el día que llevábamos, al llegar a un cruce había la opción de ir hacia la derecha o la izquierda. Escogimos la errrónea. Hicimos la nada despreciable cifra de 30 kilómetros de más por esas carreteras hasta que nos dimos cuenta que no habíamos elegido la dirección correcta. Otros 30 kilómetros más y escasos 10 minutos después llegábamos a nuestro alojamiento. Habíamos alquilado una casa por airbnb en una urbanización, Beach Evasión Club. El sitio era precioso y estaba al lado mismo de la playa. Tenía una piscina enorme y otra más pequeña, pistas de tenis, baloncesto, ping pong, restaurantes, supermercado, ….. La casa era un chalet individual de dos plantas, con un pequeño jardín que la rodeaba y en la parte de arriba una terraza enorme con vistas al mar, sus correspondientes hamacas y una barbacoa. Sin duda habíamos dado en el clavo con el sitio. 895 € por la semana entera.

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Lo primero que hicimos fue coger los bañadores e ir a refrescarnos a la piscina, ya que nos lo merecíamos después del día que llevábamos. Ya más relajados empezamos a ordenar todo y fuimos en busca de comida. Al atardecer parecía que volvía a haber vida. Encontramos una tienda de ultramarinos, que sería donde iríamos todos lo días y compramos unos pocos víveres. Nos gastamos 900 Dh y salimos con dos pequeñas bolsas llenas por la mitad. Era todo muchísimo más caro que en España, pero incluso el doble de precio. Por lo que decidimos que salvo para los desayunos, haríamos el resto de comidas en la calle. Para pagar lo mismo o parecido, mejor que nos lo dieran hecho.

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Pasamos el resto de la tarde, dando una pequeña vuelta por el pueblo y al llegar a casa aprovechamos la tele con internet para tumbarnos todos en el salón y ver una peli. Pedimos unas pizzas en el restaurante del complejo y finalizamos con unas cartitas en la terraza a la luz de la luna y con el sonido de las olas del mar de fondo.

El resto de la semana se puede traducir en playa, comer, paseos y descanso. Disfrutamos de unas playas muy bonitas, como la de Legzira con un impresionante arco de piedra que llegaba hasta dentro del mar con la marea alta. La de Imin Tourga, con unas cuevas profundas en la orilla y algunas rocas llenas de percebes y mojojones. La de Sidi Mohammed Ben Abdellah. Y alguna que otra cala desperdigada por la costa.

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Una de las cosas que más nos sorprendió de esos días, fue la cantidad de gente que había en las playas y las pedazo barbacoas que se hacían en la arena. No vimos ni un sólo turista, que no quiere decir que no los hubiera, pero el 99,99 % de las personas que atestaban las playas eran lugareños. Al venir de la zona de Asia en la que rehuyen el sol, nos sorprendió bastante. Además tenían muy bien acotado el baño con banderas rojas y socorristas por el gran oleaje y corrientes que había. Uno de los días alquilamos una tabla de surf y disfrutamos como enanos. El chico que estaba allí no sabía por cuánto alquilarla, porque lo que hacían era dar clases básicas  y estuvo a punto de dejárnosla gratis, pero le di 30 Dh y así quedamos los dos contentos. Otra de las cosas que no pudimos pasar por alto fue la cantidad de camellos que había en todas las playas. Estaban como reclamo turístico y la verdad es que tenían un éxito terrible, ya que no paraban de pasear por la arena de un lado para otro completamente cargados.

El último día de estancia, en el pueblo de Mirleft pusieron en un parque, unas cuantas barracas y nos vino de lujo para poner la guinda a la estancia de playa con los críos. Eran un poco arcaicas y algunas de dudosa fiabilidad, pero optamos por darles el gustazo. 10 Dh el viaje, una cuarta parte de lo que costaban en fiestas de Bilbao.

B.F.F.F.

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