Península de Snaefellsnes en Islandia

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Península de Snaefellsnes en Islandia

Este increíble viaje iba tocando a su fin, y como colofón a tanta belleza hicimos un desvío de la Ring Road hacia la península de Snaefellsnes. En la zona donde Julio Verne se inspiró para su novela, «Viaje al centro de la tierra», terminamos de enamorarnos de este maravilloso país.

Amanecía una mañana fresca pero soleada. La calma y la tranquilidad se había apoderado de nosotros debido al maravilloso paraje en el que nos encontrábamos. Fuimos a desayunar y nos encontramos con un buffett muy variado y delicioso para nosotros sólos. El bacon ahumado estaba espectacular y como a los críos les encantó, nos repusieron la bandeja tres veces. Probablemente este sería el alojamiento predilecto de todo el viaje si hubiera que hacer un ranking. Con un precioso piano en una esquina, Usu se sentó delante y nos deleitó con unas cuantas canciones mientras íbamos viendo como el sol empezaba a reflejarse en la nieve que cubría los perfectos montes que nos rodeaban.

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Bakkaflöt
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Camino Snaefellsnes
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Era la jornada más larga que tendríamos en todo el viaje y fue precisamente el día con el que más calma nos lo tomamos. Quedaban dos etapas más, una hasta la Península de Snaefellsnes y al día siguiente la última y triste vuelta a Reikyavik para volver a casa. Cogimos el coche con la intención de subir hasta Hofsos por la carretera 76 y disfrutar de una de las piscinas infinitas más increíbles de Islandia. Pero a mitad de camino, el tiempo empezó a empeorar. El cielo se cubrió por completo con unas nubes negras de dar miedo, la carretera dejó de verse tapada por la nieve y el viento se hizo insoportable. Así que con pena decidimos no avanzar más y dar la vuelta.

Con más de 4 horas por delante para llegar a la Península nos lo tomamos con calma, disfrutando como no de los parajes sin aliento que nos dejaban los kilómetros recorridos. Tuvimos que ir pendientes de la aplicación del tiempo, ya que había muchos tramos que estaban cortados por la nieve. Hicimos casi todo el camino pegados al mar, donde las carreteras estaban más despejadas. Primero la Ring road, luego la 68 y la 59, para por fin empalmar con la 54 que es la que nos llevaría al mundo imaginario de Julio Verne.

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La Península de Snaefellsnes
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Si con el resto de Islandia habíamos alucinado, el comenzar a entrar en la Península y ver lo que teníamos delante de nuestros ojos nos hizo creer que este país había sido tocado por la varita mágica de la grandiosidad. Qué valles, qué lagos, qué cascadas, qué montañas, qué acantilados, qué ……, qué …….. y así sucesivamente porque no conozco más vocabulario para definir tanta belleza. Fueron dos días increíbles para poner punto y final al viaje.

Las visitas las comenzamos por Stykkishólmur, una pequeña península al inicio de Snaefellsnes en donde hay una isla de basalto con un faro y unas vistas estupendas de la ciudad y del fiordo Breidafjördur. Lo bueno que tiene es que está unida por una carretera y es de muy fácil acceso. El sitio nos gustó mucho, pero hacía tanto viento y venía tan helador que el paseo que íbamos a dar lo dejamos en «pa», y rápidamente volvimos al coche.

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Stykkishólmur
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Siguiendo por la carretera 54, nos topamos con el monte Kirkjufell con 463 metros de altura. Era famoso por la película La vida secreta de Walter Mitty. Un enorme monte en el medio de la nada y con nada alrededor, lo que lo hacía más impresionante todavía. Rodeado de mar y completamente nevado.

Como se estaba empezando a hacer tarde, decidimos ir al alojamiento primero para situarnos y luego ya seguiríamos con las visitas. North Star Apartments Riff. 162 € la noche. Se trataba de unos apartamentos no muy grandes, con dos camas familiares, una pequeña cocina y un baño. Las vistas desde la habitación totalmente acristalada, increíbles. Lo más sorprendente fue que no tuvimos contacto con persona alguna. Nos habían mandado un código por email y el número de habitación. Con ese código se habría la puerta de recepción y la habitación. Otra vez estábamos completamente solos.

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Kirkjufell
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Alojamiento en Hafnargata
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Aprovechando los últimos rayos de sol, nos acercamos hasta la cascada Svodafoss tomando un pequeño desvío señalizado en la carretera principal. Esta vez no era muy impresionante, pero la cantidad de nieve para llegar a ella, nos llegaba por las rodillas y lo bien que se lo estaban pasando los enanos hizo que nos pareciera también una pasada 😉

Ya sin el sol y con un frío helador, nos fuimos a disfrutar de la habitación. Nos preparamos una rica cena con compras que habíamos hecho en el super, los críos hicieron deberes y jugamos un poco a cartas para hacer tiempo hasta nuestra última intentona para ver la Aurora Boreal, ya que al día siguiente dormiríamos en la capital y allí con tanta claridad…… A las 23:00 cogimos el coche y nos dirijimos hacia una playa en medio de la nada, donde no había ninguna luz que nos pudiera perturbar. Tras más de media hora esperando, los críos empezaban a quedarse dormidos. Conseguí convencerles para esperar otra media horita y …… POR FIN LO CONSEGUIMOS!!!!!! A lo lejos en el cielo se empezaron a formar como unas nubes, se lo señalé a Usua y creyó lo mismo que yo, nubes. Pero en un par de minutos esas supuestas nubes, empezaron a inundar todo el cielo y a desprender colores. En 10 minutos estábamos rodeados por unas hileras de «nubes coloridas» que no paraban de moverse como si les estuviera azotando el viento por diferentes partes. Estábamos viendo la Aurora Boreal. Iker y Noa alucinaban y qué decir de los dos mayores…. Sobre la 1:30 y ya con el cielo apagándose, nos volvimos al hotel con una sonrisa en la comisura de los labios que en mucho tiempo sería difícil de borrar. Habíamos visto la Aurar Boreal, BUAAAAAAAAAHHHHH!!!!!! ( Eso sí, las fotos dejaban bastante que desear ….. 🙁 )

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El Rif y la cascada Svodufoss
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A la mañana siguiente nos daba igual todo. Estábamos cansados por lo poco que habíamos dormido pero el interior era de felicidad. Por si no lo había dicho, habíamos visto la AURORA BOREALLLLL!!!!! 😉

Continuamos nuestra visita por la parte sur de la Península de Snaefellsnes. El sol quería seguir siendo nuestro aliado. Nos acercamos hasta la playa de Öndverðarnes, donde daban ganas de darse un chapuzón. Iker y yo lo intentamos pero Usu no nos dejó 🙁 y eso que dos años antes me había bañado más arriba del círculo polar ártico. Subimos al cráter de Saxhöll, que se eleva a 109 metros sobre el nivel del mar y que erupcionó hace unos 3-4000 años. Había unas bonitas vistas desde lo alto con el mar al fondo. Dimos un largo paseo por la playa de Djúpalón con un montón de senderos. Y aprovechando que el sol ya empezaba a «calentar», estuvimos un buen rato por la zona. Nos acercamos hasta el faro de Malarrif y desde allí divisamos a los lejos los pilares rocosos de Lóndrangar. Nuestra última parada fue en Arnarstapi. Un precioso pueblo costero de pescadores con unos acantilados llenos de aves.

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Cráter de Saxhóll
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Vatnshellir cave
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Playa de öndverðarnes
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Playa de Djúpalon
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Malarrif
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Lóndrangar
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Arnarstapi
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La vuelta

Ya sólo quedaba llegar hasta Keflavik, donde teníamos el alojamiento de la última noche en Islandia. Atravesamos un túnel de peaje de 5.770 metros para cruzar el Hvalfjördur, 1.000 Kr. Echamos gasolina para dejar el coche tal y como nos lo habían dado, 5.900 Kr. Y sobre las 17:00 llegábamos al alojamiento. Keflavik guesthouse, 155 € con desayuno incluido y todas las bebidas calientes que se quisiera. Aquí volvimos a encontrarnos con gente después de muchos días casi completamente solos. Mientras el resto de la familia descansaba, yo me fui a devolver el coche. Le habíamos hecho 3.025 kilómetros. La chica ni tan siquiera miró el coche y en su furgoneta me acercó hasta nuestro hostel. Cenamos en compañía de la gente alojada y nos fuimos a la habitación a preparar las maletas para el día siguiente en el que nuestro avión partía a las 11:30 de la mañana.

Este «road trip» había acabado. Después de muchos años viajando nos habíamos vuelto a sorprender, algo que últimamente ya no nos pasaba. Sin duda un país increíble con una naturaleza desbordante y que no hay que dejar de ver por lo menos una vez en la vida. Volveremos, pero esta vez en verano para poder disfrutar de una buenas rutas a pie, que no del sol, ya que salvo el primer día, no dejó de acompañarnos en todo el viaje.

B.F.F.F.

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