Skaftafell National Park en Islandia

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Skaftafell National Park en Islandia

Sin duda, después de muchas cosas capturadas por nuestros ojos y guardados en nuestras mentes viajeras, íbamos a disfrutar de unos paisajes que conseguirían sumarse al top ten de todo lo visto y tal vez hasta ponerse en cabeza.

Tras otra noche de desvelos (y las que vendrían), para intentar ver la Aurora Boreal, sin éxito, nos pusimos en marcha con un día soleado que presagiaba buenos momentos. Atravesamos la zona de los Sandar, zonas desoladas llenas de sedimentos arrastrados por los glaciares, y en especial el de Skeidarársandur, con más de 40 kilómetros de extensión. A lo lejos se podía divisar la grandeza de lo que nos esperaba. Las dos lenguas glaciares de Skaftafellssjökul y Svinafellsjökul, se asomaban entre los desolados sandar.

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Camino del P.N. Skaftafell
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Pasadas las 11:30 llegábamos al Parque Nacional de Skaftafell. Al llegar, dejamos el coche en un parking grande con pocos coches. Nos imaginamos que en verano se llenaría bastante más, de ahí el porqué de su tamaño. También unos metros hacia la derecha había un camping, pero que todavía estaba cerrado. Había que pagar 600 Kr por aparcar. Desde la zona de recepción, enfrente del parking, salían dos rutas principales (hay un montón de ellas para hacer caminatas), hacia la izquierda la cascada de Svartifoss y hacia la derecha el glaciar de Skaftafellssjökul. La distancia para llegar a ambos era de unos 2 kilómetros, aunque para llegar a la cascada se tardaba un poco más debido a que era todo en cuesta.

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El glaciar Skaftafellsjökull
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Como no había casi nadie, decidimos empezar por el glaciar ya que cascadas habíamos visto muchas y preferíamos evitar el mayor número de gente posible. El camino era muy fácil y accesible, el principio incluso estaba preparado para movilidad reducida. Cuando nos estábamos acercando empezamos a ver la maravilla que era el glaciar. Un enorme lago en su mayoría helado, lleno de icebergs y en el suelo todo rodeado como de cubitos de hielo. Al fondo, el enorme glaciar agrietado que golpeado por el sol de la mañana le confería unos tonos azulados indescriptibles. Pasamos un buen rato escuchando el silencio y sacándonos un montón de fotos hasta que los grupos empezaron a llegar. En ese momento decidimos ir hacia el lado contrario y ver la cascada. Habíamos estado sólo con dos parejas más. Una auténtica maravilla.

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El camino hacia la cascada de Svartifoss, también estaba bien preparado, con la diferencia de que era cuesta arriba y en algunos tramos se volvía realmente empinada. El trayecto se nos hizo un tanto cansado, pero debido a que llevábamos ya 3 horas andando sin parar. Y como siempre los enanos unos txapeldunes, no se quejaron en ningún momento. De lejos se apreciaba bastante bien, y como tampoco llevaba mucho caudal, decidimos no bajar hasta el mirador que estaba cerca de la caída del agua. Volvimos al parking y en una esquina, nos hicimos un piskolabis improvisado, ya que tanto movimiento nos había abierto el apetito. Eso sí, antes tuve que hacer un poco más de hambre rehaciendo el camino hacia la cascada para buscar la sudadera que Usu se había dejado por el camino. Unas cuantas cuestas bien arriba, estaba muy mona apoyada en la rama de un árbol.

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La cascada Svartifoss
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A 5 kilómetros de distancia por la carretera principal, se encontraba el desvío a mano izquierda, del glaciar Svinafellsjökull. Un pequeño aparcamiento libre de pago, nos dejaba a pocos metros de otra increíble lengua glaciar. Aquí coincidimos con una familia de japoneses y nadie más. Eso sí, abultaban como 500. Estuvieron poco más de 5 minutos y consiguieron sacarse más fotos que nosotros en todo el viaje. Y eso es un mérito importante. Por lo menos aprovechamos para que nos sacaran una foto a todos juntos. Algo que no nos gustó nada, es que inicialmente se lo pedimos al guía con el que iban y ni tan siquiera fue capaz de mirarnos a la cara. Me imagino que sería porque íbamos por libre y eso siempre molesta a quién se encarga de sobrecargar económicamente al viajero. Pero vamos que aunque fue bastante desagradable el tipo, a una de las chicas japonesas que también hablaba inglés, le faltó tiempo para cogernos la cámara.

Lo más llamativo de este increíble glaciar, era la facilidad de acceso y la cercanía a la que se encontraba. No recomendaban andar por él sin un guía especializado, pero la verdad es que era sumamente accesible lo que hacía que dieran ganas de darse un garbeo. Pero lógicamente había que tener un par de dedos de frente y darse cuenta de los problemas que se podrían llegar a tener si uno iba sin el equipamiento adecuado.

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El glaciar de Svínafellsjökull
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De nuevo en el coche, pusimos rumbo hacia el glaciar Kviárjokull. Atravesamos la zona de Breidamerkursandur. Una llanura enorme al lado del mar, donde se crían muchos de los págalos de Islandia. Aparcamos el coche en un pequeño parking que no estaba ni señalizado. Otro coche fue de listillo intentando avanzar por un camino de piedras enormes y las pasó canutas, teniendo que volver y con los bajos quizá tocados. Era un pequeño paseo hasta llegar al enorme glaciar de Kviárjokull. Estaba escondido detrás de la ladera y aunque quedaba un poco lejano, el entorno lo hacía especial. El río que lo bordeaba y la hierba y el musgo que crecían en la parte no helada lo convertía en la postal perfecta. Además, como para variar estábamos solos, salvo la pareja “inteligente” del coche, era una pasada oir el silencio, el cuál quedó apagado por un estruendo que oímos a lo lejos. Al mirar con detenimiento, observamos como una avalancha enorme de nieve caía por el glaciar arrasando con todo a su paso. Fue un momento que nos impactó bastante.

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Breidamerkursandur
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Camino al glaciar Kviárjökull
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El glaciar Kviárjökull
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Pero si no teníamos bastante con lo que habíamos visto hasta ese momento, lo que nos esperaba nos iba a dejar esta vez sí que sí, completamente alucinados, extasiados, boquiabiertos, flipados, anonadados, ….. e innumerables adjetivos más que se quedarían pequeños para definir lo que veríamos.

En la carretera de circunvalación cogimos un nuevo desvío a la izquierda hacia el Fjallsárlón. Nos esperábamos otro increíble glaciar como los tres anteriores que habíamos visto. Aparcamos el coche en una gran explanada y al empezar a bajar por la cuesta que daba acceso y levantar la mirada al frente, no podíamos creer lo que estaban viendo nuestros ojos. Era otro glaciar, sí, pero no tenía nada que ver con los vistos hasta ahora. La laguna que lo rodeaba estaba completamente congelada, pudiendo andar por ella sin ningún problema. La lengua estaba justo enfrente, enorme, a unos pocos cientos de metros. Cantidad de icebergs gigantes se apostaban a los lados de la laguna. Y todo eso con un sol radiante, que llenaba más de magia si cabe, el paisaje que teníamos delante. Desde luego esto era algo para guardar en la mente toda la vida. ¡¡¡Qué maravilla de lugar!!!!

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El glaciar Fjallsjökull
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Y para poner el broche final al Parque Nacional de Skaftafell, cerca del glaciar Fjallsárlón, se encontraba Jökulsárlón. Una laguna glaciar llena de icebergs a la deriva. En esa zona vimos unas cuantas focas jugueteando entre el hielo. El río arrastraba los icebergs hasta el mar, pero la fuerza de las corrientes devolvía muchos de ellos. Era todo un espectáculo. Y al otro lado de la carretera, en la playa que quedaba justo enfrente, todos esos icebergs que se iban a la deriva, se amontonaban en la orilla de la playa golpeando unos contra otros con el envite de las olas. Nos la recorrimos hasta la zona más alejada de la gente y pudimos disfrutar de esa maravilla de la naturaleza en soledad. En la zona más cercana a la carretera, esta vez, sí que había bastante gente.

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Jökulsárlón
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Entre el glaciar Fjallsárlón y la laguna de Jökulsárlón, pasamos unas cuantas horas, que al mirar el reloj se nos habían pasado como si fueran 20 minutos. Los críos disfrutaron de lo grande. Y en la playa, como no, acabaron calados hasta los huesos jugando con los icebergs. Pero aunque sólo había 6 grados, el sol calentaba y se estaba muy a gusto.

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La playa frente a Jökulsárlón
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Con mucha pena y sin poder dejar de mirar atrás, tuvimos que ponernos de nuevo en marcha para llegar a nuestro alojamiento, el cuál lo teníamos cogido en Djúpivogur. Situado en un precioso fiordo a unas 2 horas pasadas en coche. El trayecto atravesaba por unas increíbles montañas nevadas al lado del mar. Nos cogió una nevada tremenda, en la que con el limpia-parabrisas a tope, era casi imposible de ver nada. Al llegar el cielo se había calmado y estaba empezando a despejar. Tal vez, esa sería la noche….

El hotel se llamaba Framtid Hostel y nos salió por 135 €. El hostel estaba increíblemente limpio y parecía más una casa particular. La habitación no era muy grande, pero tenía una cama de matrimonio y otra individual. El baño era compartido, pero como había dos y sólo había otra pareja alojada, nos quedamos con uno para cada uno. Era super acojedor el sitio. Muy recomendable.

Esa noche, me propuse que por fin veríamos la Aurora Boreal. Y sobre las 10:00, cogí el coche y me alejé lo más que pude de cualquier punto de luz. Me fui a una playa en la que no había nada de contaminación lumínica. Tras esperar unos minutos en el coche, salí a dar un paseo a ver si se veía algo por otro lado, pero tanto silencio y oscuridad hizo que me acongojase un poco, jijijiji, y que me metiera a toda leche en el coche. Otros minutos de espera y allí no se veía nada. Por lo que a mi pesar, me volví a la habitación en donde todos dormían plácidamente.

B.F.F.F.

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